"Estos chicos representaban lo mejor de Argentina": esta es la nota que se volvió viral
El periodista norteamericano Brian Winter escribió un artículo que se volvió viral en Argentina. El actual editor de la revista Americas Quarterly vivió en Buenos Aires en el año 2000, y conmovido por la tragedia de los rosarinos recordó los fuertes lazos que se generan entre amigos, algo que le había impactado en su estadía en el país.
A continuación se reproduce el texto completo, que el propio autor presenta traducido en la web de Americas Quarterly, en el que destaca los valores de amistad que pudo sentir entre los argentinos y que incluso también lo abrazaron durante su tiempo en el país.
"Yo era prácticamente un niño, tenía 22 años, cuando me mudé a Argentina en el año 2000 con la loca idea de convertirme en periodista. Increíblemente, el Buenos Aires Herald no se apresuró a contratar a un texano sin experiencia, y la economía parecía estar un poco complicada. Solo conocía a dos argentinos, ambos encantadores pero mayores, con hijos y vidas propias. Así que pasé días sofocantes andando por las calles y usando el bus #60 (cruzaba toda la ciudad desde Constitución hasta Tigre por menos de un dólar y además te podías refrescar) mientras que devoraba empanadas, ñoquis y sandwiches de jamón con un presupuesto semanal de 70 pesos, que en esa época equivalían a 70 dólares".
"Los fines de semana era cuando me sentía más desolado. Leía a Borges, Arlt y Mafalda. Me la pasaba viendo el Weather Channel en castellano y me aprendí la letra de una canción de Rodrigo. Finalmente, después de haber visto la posesión del presidente uruguayo Julio María Sanguinetti por televisión de principio a fin, decidí que tenía que buscarme una vida o regresar a casa".
"Finalmente, dos cosas me salvaron. La primera, aunque es un cliché, fueron clases de tango, que se convirtieron en un buen hobby y, años después, en un libro. La segunda, mucho más importante, fue una docena de chicos argentinos de Temperley, un viejo suburbio ferroviario de Buenos Aires, a quienes conocí a través de un amigo en común que teníamos en Estados Unidos. Ellos se conocían desde el colegio, pasaban los fines de semana jugando tenis, haciendo asados y yendo a boliches hasta las 5 de la madrugada. Se tenían apodos ridículos como Wallet, Lobo y Boti. Me acogieron, por motivos que aún no entiendo bien, y me bautizaron "Caruso" por un actor infantil argentino de esa época, el único otro "Brian" que conocían".