La brecha es aún más marcada en los más jóvenes. El 74% de quienes tienen entre 18 y 30 años no trabaja de lo que estudió, lo que expone un inicio laboral atravesado más por la urgencia que por la elección. Con el paso del tiempo, esa relación mejora, pero no se corrige del todo.
En paralelo, el impacto emocional empieza a pesar. El 31% reconoce sentirse frustrado por no poder desarrollarse en su área, mientras que un 12% directamente habla de insatisfacción. Del otro lado, aparece una lógica más pragmática: el 35% dice sentirse agradecido simplemente por tener trabajo.
La distancia no solo es académica, también es simbólica. Solo el 20% de los argentinos trabaja de lo que soñaba cuando era chico, uno de los niveles más bajos de la región. Y entre quienes no lo lograron, más de la mitad admite frustración.
El mapa laboral también deja ver hacia dónde se desplazaron esas trayectorias. Ventas, atención al cliente y tareas administrativas concentran buena parte del empleo, independientemente de lo que se haya estudiado. Es ahí donde terminan confluyendo historias que empezaron en aulas de ingeniería, derecho, docencia o comunicación.
En ese cruce entre expectativa y realidad, aparece otro dato igual de fuerte: el 84% no se siente satisfecho con su trabajo actual. Un número que no solo habla de empleo, sino de sentido.
El mercado ofrece oportunidades, pero no siempre coincide con lo que se buscó o se imaginó. Y en ese desajuste, cada vez más frecuente, la pregunta ya no es qué querías ser, sino de qué estás trabajando.