Sin embargo, gran parte de su misión pastoral se desarrolló en Nápoles, ciudad que en ese momento pertenecía al Reino de las Dos Sicilias y estaba bajo dominio de la corona española. Allí consolidó una obra centrada en la asistencia a los más necesitados y en la confianza absoluta en la Providencia, valores que terminarían identificándolo con el pan y el trabajo.
Su devoción llegó al actual territorio argentino desde España durante la época colonial. Primero se estableció en Santiago del Estero y, años más tarde, encontró un impulso decisivo gracias a Santa María Antonia de San José, conocida como Mama Antula, quien promovió el culto a San Cayetano mientras recorría el Virreinato del Río de la Plata difundiendo los ejercicios espirituales.
Con el paso del tiempo, esa devoción se trasladó hasta Buenos Aires. Allí, en 1875, comenzó la historia del santuario de Liniers, impulsado por las Hijas del Divino Salvador y fortalecido posteriormente por la religiosa Agustina Cepeda, heredera espiritual de la obra iniciada por Mama Antula.
El crecimiento de la cantidad de fieles obligó a ampliar el templo en distintas oportunidades durante el siglo XX. La imagen más venerada actualmente es conocida popularmente como "el milagroso", una escultura incorporada hacia 1935 que fue la primera en representar a San Cayetano sosteniendo un ramo con espigas de trigo, símbolo que desde entonces quedó asociado al pedido por el pan y el trabajo.
Con el correr de las décadas, la celebración del 7 de agosto dejó de ser exclusivamente porteña para extenderse a todo el país. Hoy existen parroquias, capillas y santuarios dedicados al santo en prácticamente todas las provincias, donde miles de personas mantienen viva una tradición que combina fe, agradecimiento y esperanza.
Paradójicamente, quien nació en una ciudad italiana, estudió en Padua y Roma, desarrolló su misión en la Nápoles española y llegó a América gracias a la influencia hispana terminó convirtiéndose en uno de los santos más representativos de la religiosidad popular argentina.
Cada 7 de agosto, esa historia vuelve a cobrar vida en cada vela encendida, en cada oración y en cada persona que se acerca a pedir un trabajo o agradecer el pan de cada día.