Un ejemplo sencillo permite entenderlo. No es lo mismo pedirle a una IA que redacte un correo para un cliente que explicarle cuál es el problema, qué relación existe con ese cliente y qué objetivo se busca alcanzar.
En el segundo caso, la herramienta recibe un contexto mucho más preciso y puede generar una respuesta adaptada a una necesidad concreta. La tecnología es la misma; lo que cambia es la calidad del razonamiento detrás de la instrucción.
Un estudio realizado por Harvard y Boston Consulting Group (BCG) citado en el informe señala que el uso de IA puede mejorar la calidad de los resultados en un 40% y acelerar el trabajo en un 25%. Sin embargo, también advierte sobre los riesgos de confiar ciegamente en la herramienta cuando las tareas requieren análisis estratégico.
La expansión de la IA no elimina la necesidad de capacidades humanas. Por el contrario, pone en primer plano algunas habilidades que resultan difíciles de automatizar. Pensamiento crítico, comunicación, negociación, empatía y capacidad de tomar decisiones adquieren mayor importancia cuando la herramienta se ocupa de las tareas repetitivas.
En comunicación intercultural, por ejemplo, una IA puede traducir rápidamente un texto, pero una persona debe interpretar el contexto, la ironía o las diferencias culturales. En una empresa puede resumir una reunión o analizar currículums, pero la decisión de contratar, liderar un equipo o construir confianza continúa dependiendo de las personas.
Algo similar ocurre en las finanzas: los algoritmos pueden proyectar escenarios, pero decidir cuánto riesgo asumir y qué camino seguir implica responsabilidad y criterio.
Herramientas como ChatGPT, Claude, Copilot o Gemini están cada vez más democratizadas. Por eso, disponer de una de ellas ya no representa necesariamente una ventaja competitiva. El diferencial aparece en qué pregunta se formula, qué contexto se aporta, cómo se analiza la respuesta y qué decisiones se toman después.
En ese escenario, la inteligencia artificial no necesariamente reemplaza al talento: puede potenciarlo. Pero cuanto más accesible sea la tecnología, más importante será aquello que la máquina no puede aportar por sí sola: criterio, contexto, responsabilidad y pensamiento humano.