Hoy, en cambio, muchas personas pueden pasar días enteros sin intercambiar una sola palabra con alguien fuera de su círculo cercano y no es que no sean amables, es que no se lo plantean y no saben que charlar un poco con la panadera o cruzar una breve conversación con un mensajero son microinteracciones que nos hacen mucho bien.
Además, es apostar por sentirte mejor al final del día y reducir el estrés, que ya sabemos que va muy ligado a la longevidad y esto es algo que la ciencia valida.
Un grupo de investigadores de la Universidad de Chicago pidió a los pasajeros del tren que los llevaba a diario desde las afueras al centro de la ciudad que le dijeran unas palabras a un desconocido.
El 100% de los intentos tuvo éxito y los participantes reconocieron que el trayecto había sido más ameno, por lo cual, esas microinteracciones como charlar con un desconocido, felicitar al camarero porque ganó su equipo de fútbol, elogiar la ropa de alguien o dar los buenos días transforman nuestro estado de ánimo y nuestra sensación de conexión.
Según Daniel Lumera, escritor, investigador y autor de Como si todo fuera un milagro. estas pequeñas conexiones humanas forman parte de algo mucho más profundo. En realidad son la arquitectura emocional de nuestras relaciones. “Las microinteracciones con otras personas son el fundamento de la calidad en las relaciones”, subraya Lumera.
Gestos amables en el día a día
El escritor insiste en que estos gestos cotidianos no son solo una cuestión de cortesía, sino también de salud mental y física y la ciencia empieza a confirmar algo que las tradiciones humanas intuían desde hace siglos, las relaciones pequeñas pero constantes sostienen el equilibrio emocional.
“Un gesto de gratitud, una palabra amable, un reconocimiento sincero, son pequeñas semillas que producen un efecto contagio y se multiplican en el tiempo”, dice Lumera y añade: “Son comportamientos que impactan no solo en la calidad de las relaciones, sino también en la salud biológica”.
Según Lumera, la clave está en la necesidad humana de ser reconocidos: valorar a las personas que nos rodean es un mecanismo identitario muy profundo. “Hemos aprendido a amarnos a través de la forma en que nuestros padres nos reconocían. Cuando alguien nos saluda, nos escucha o nos dedica atención, se activan circuitos neurológicos relacionados con la dopamina y la motivación. Es una forma de confirmar que existimos para el otro”, cuenta.
Ese reconocimiento, aunque sea mínimo, tiene efectos psicológicos poderosos e, incluso, un simple saludo puede activar circuitos emocionales vinculados al bienestar, mientras que las microinteracciones también introducen un elemento fundamental para el cerebro humano: la sorpresa.
“Basta con quince segundos al día de maravillarse para influir positivamente en la neuroplasticidad del cerebro. Además, la curiosidad y el asombro ayudan a mantener la mente joven y flexible”, afirma el investigador y dice que ese asombro también puede aplicarse a las personas que conocemos desde hace años. “Muchas veces dejamos de ver realmente a quienes tenemos delante”, explica. Porque, como analiza, muchas veces nos relacionamos con la idea que tenemos de una persona, pero, cuando liberamos esas expectativas y volvemos a mirar con curiosidad, descubrimos aspectos nuevos incluso en alguien con quien llevamos décadas.
Saludar activa neuromoduladores
Las microinteracciones y nuestra capacidad de sociabilidad tienen también una dimensión biológica. Durante estas pequeñas conexiones sociales se activan neuromoduladores como la oxitocina o la serotonina —relacionados con el bienestar y el cuidado— y también otros como la dopamina o la noradrenalina, vinculados a la curiosidad y la vitalidad.
“Cuando estos sistemas se equilibran, pueden reducir los niveles de inflamación crónica, estrés o ansiedad. En otras palabras, hablar con alguien en un bar no solo mejora el ánimo momentáneo. Además puede tener efectos acumulativos sobre la salud”, señala.
Sin embargo, lo cierto es que cada vez hablamos menos con las personas fuera de nuestro entorno cercano y a veces ya no damos las gracias con una sonrisa. Mucha gente se queja con tristeza de no recibir respuesta cuando saluda a un vecino o da los buenos días al entrar en una comercio y Lumera cree que la respuesta está en el entorno contemporáneo, saturado de estímulos digitales.
Para recuperar las microinteracciones, Lumera propone un ejercicio muy sencillo: asociar un pequeño gesto de amabilidad a una señal cotidiana. Por ejemplo, usar una notificación del celular, el cambio de un semáforo o el sonido de un mensaje. “Cada vez que aparezca esa señal, hacer un pequeño acto de gentileza, una palabra amable, un agradecimiento, un gesto de reconocimiento hacia alguien que tengas cerca”, expresa.
La idea es simple, pero poderosa y ayuda a transformar los estímulos que fragmentan nuestra atención en recordatorios para conectar con los demás. “Si logramos hacer al menos cuatro actos de gentileza al día, uno hacia nosotros mismos, uno hacia otras personas, uno hacia la naturaleza y uno hacia el entorno, estaremos invirtiendo directamente en nuestra salud emocional”, concluye.