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PANDEMIA

Cómo trabaja la Terapia Intensiva COVID del hospital Rawson

El jefe del área contó detalles del abordaje de la pandemia por parte del área que conduce.

En estos tiempos de pandemia, es claro que el sector sanitario es primordial y tiene sectores clave, uno de ellos es la Terapia Intensiva COVID, donde se interna a todos los pacientes con diagnóstico positivo o con sospecha del mismo y que revistan cierta gravedad. El Dr. Carlos Lezcano, jefe de Terapia Intensiva del Hospital Dr. Guillermo Rawson, compartió el panorama de la actividad que lleva el sector.

Teniendo en cuenta las experiencias que se conocían de otros países afectados por la pandemia, se tomaron decisiones estratégicas para un adecuado tratamiento de los pacientes, maximizando las medidas de bioseguridad. “Desde un principio se dividió el servicio en dos: el tercer piso quedó para el área COVID, para el paciente crítico y moderadamente crítico. Para eso se armó un equipo con un terapista, un cardiólogo, un anestesiólogo, un médico clínico y un equipo de salud mental, coordinado por los jefes de Clínica de los dos pisos”.

“La Terapia Intensiva común se trasladó al segundo piso, donde funcionaba normalmente la Unidad Coronaria, que nos prestó camas y ahí se atiende al paciente habitual de terapia. Es decir que el recurso humano, médicos, enfermeros, kinesiólogos, ha seguido trabajando normalmente desde que comenzó la pandemia. Lógicamente hubo personal que tomó licencia médica por estar en grupos de riesgo”.

La organización del recurso humano

Hay dos terapias, una para pacientes de COVID-19 y otra para pacientes comunes, funcionando en pisos distintos. El recurso humano es el mismo. En la Terapia COVID el médico no puede cumplir más de 12 horas en sus funciones por recomendación de la OMS. Entonces se conforman equipos de médicos, enfermeros y kinesiólogos que trabajan en un mismo periodo de 12 horas. Ese equipo cumple su tarea y retorna la semana siguiente. Ese procedimiento se realiza por prevención: si ese equipo se contagiara, ya queda individualizado y se lo aísla completo, para no afectar al resto del plantel y la terapia pueda seguir funcionando.

En la Terapia Intensiva común el funcionamiento es diferente, si bien hay una rotación porque el médico que estuvo una semana en la Terapia COVID a la semana siguiente baja a la terapia común.

Los estrictos protocolos de atención

Con todo paciente que ingresa a esta área se cumple un protocolo muy estricto, todo paciente es tomado como COVID hasta que se demuestre lo contrario. La Terapia Intensiva está dividida en un área “limpia” y un área “sucia”. En el área limpia el personal circula con un equipo de protección personal determinado y cuando se ingresa al box para atender un paciente sospechoso se utiliza un equipo de protección específico obligatorio. Si uno no tiene el equipo de protección adecuado no puede ni acercarse, porque el riesgo es para el paciente y también para el personal, ya sea médico, enfermero o kinesiólogo. Por lo demás no hay ninguna diferencia en los procedimientos que se realizan respecto de otros pacientes en cuanto al seguimiento de la historia clínica, el monitoreo, análisis de laboratorio o la administración de medicamentos. La diferencia la hacen las medidas de protección.

Cuando se sale de esa área limpia para ver otros pacientes hay que cambiarse. Si en ese transcurso llegara un paciente al área limpia hay que volver a cambiarse, todo es un procedimiento muy minucioso, que debe hacerse con mucho cuidado, es desgastante hasta psíquicamente, pero hay que hacerlo.

La colocación de los equipos de protección y el quitárselos es un procedimiento que implica un protocolo muy estricto. El personal actúa como en espejo: yo miro al colega cómo se viste y él me mira a mí cuando lo hago, es la manera de controlarnos para que no haya errores y nos corregimos entre todos. El hecho de que hasta el momento no haya habido ningún positivo en el personal de la Terapia es lo que nos da seguridad, la certeza de que hemos hecho las cosas bien, además del tiempo que ha transcurrido, ha sido tiempo ganado que nos permite estar mejor armados y con más confianza ante lo que pueda venir.

Una vivencia única. La comparación con la gripe H1N1

La gripe H1N1 generó preocupación, pero el contagio era claramente menor, era un contagio 1 a 1, el del coronavirus es 1 a 3, contagia tres o cuatro veces más. Además aparecieron medicamentos que en cierta forma daban tranquilidad, y la vacuna apareció bastante rápido. Tampoco fue necesario en aquel momento hacer aislamiento o cuarentena, no se veía un número de contagios y de muertes tan fuertes como en el caso del COVID-19. Tenía además un tipo de contagio que afectaba a todas las edades. En este caso la mortalidad es muy alta en la gente mayor, que es nuestra franja de pacientes. El coronavirus ha generado a nivel mundial cosas mucho más graves, principalmente el costo en salud, sobre todo en los países que la subestimaron. Creo que en la Argentina y especialmente en San Juan se tomaron las medidas correctas, por eso no tenemos el “incendio” que hay en otros lados. Además es difícil porque no sabemos cuándo va a terminar y sobre todo no hay una cura. Con la Gripe A no tuvimos que dividir los servicios, no tuvimos que hacer dos terapias intensivas y la atención de un paciente prácticamente se solucionaba con un barbijo. Ahora, incluso poniéndote todo el equipo de protección personal hay miedo de contagiarse. Es totalmente distinto.

Un comienzo difícil

En un comienzo la sensación era de incertidumbre, al principio los augurios eran alarmantes, se esperaba un pico para el mes de abril y había que estar preparados desde un punto de vista científico pero principalmente desde lo psicológico, porque el terapista conoce sobradamente al paciente crítico habitual, pero no conocíamos al paciente de COVID, lo que sabíamos por internet, por los medios, de lo que estaba sucediendo en el hemisferio norte generaba mucha inquietud, incertidumbre y sobre todo, miedo, y también el ver si contábamos con los elementos de protección personal, tratándose de una enfermedad altamente contagiosa. Hubo muchas dudas, preguntas, reclamos para ver si contábamos con los elementos adecuados. Con el correr del tiempo todo eso fue llegando y tuvimos cierta tranquilidad.

Obviamente después la realidad cambió, los días fueron pasando y los pacientes de COVID no llegaron en la medida que se temía, se recibían pacientes sospechosos pero en definitiva no eran COVID. Han pasado cien días y lo que notamos es un desgaste, no tanto por la cantidad de pacientes, que han sido pocos y uno sólo grave, pero ha sido un desgaste psicológico, emocional. Es lo que se ve y lo que arrojan los resultados del asesoramiento del servicio de Salud Mental: hay una gran incertidumbre por que no se sabe cuándo terminará esto, si llegará el pico de contagios o no. Esto genera una ansiedad adicional a la que no estamos acostumbrados.

Y un día llegó el primer caso confirmado

El primer paciente positivo que tuvimos puso a prueba a todos, ya sabíamos que era positivo y era para lo que nos estuvimos preparando y sabíamos que no teníamos margen de error. Si bien con los demás tampoco podíamos equivocarnos, la carga tensional que hubo con el primero fue muy diferente.

El vivir a diario en la “trinchera” del COVID

El otro día me contaba uno de los médicos que tras tratar a un paciente sospechoso permanece la sensación de estar “contaminado o sucio”, a pesar de haber utilizado todos los elementos de protección personal. Esa sensación es preocupante, porque el temor es llevar la infección a su casa, a su familia, y eso no se lo pueden quitar. Veo a médicos, enfermeros, kinesiólogos, que tras atender a un paciente se cambian y hacen una suerte de abuso de la higiene, de llegar a su casa con dudas de entrar, de abrazar a sus hijos, incluso muchos han optado por aislarse de su familia hasta que esta situación vaya pasando.

Además nuestro personal no solamente trabaja en este hospital, también lo hace en otras instituciones, lo cual también genera preocupación, porque no somos exclusivos. Pero sobre todo lo complicado es no saber cuándo va a terminar todo esto.

También complica que la definición de caso sospechoso se fue ampliando e ingresan pacientes sin nexo epidemiológico, mucha gente mayor con enfermedades de base anexas y si bien uno puede anticipar que no se trata de casos Covid, hasta que no se tiene el resultado del análisis no nos podemos quedar tranquilos. Eso no permite relajarse y estamos en una tensión permanente.

Esto ha sido un cambio de paradigmas muy fuerte. No todos han vivido una situación como esta, de una epidemia o pandemia. Hemos vivido la época de la gripe H1N1, pero no se compara, esto es totalmente diferente y ha venido a cambiarle la vida a todo el mundo. Nos ha trastocado la vida a nivel profesional y también familiar.

Para el médico es muy tensionante, más aún cuando uno ve que en otros lados el contagio en el personal de salud es muy alto, superior al 20 por ciento, hay colegas que han fallecido. Entonces nunca te sientes seguro cuando tomas contacto con un paciente. Cuando los que trabajamos en el servicio tenemos que hacernos periódicamente el test de PCR, hasta que no está el resultado pasamos mucha tensión.

Preocupa que aún haya mucha incertidumbre y cambios de paradigmas, por ejemplo con el comportamiento de la enfermedad de aquellos que ya la han desarrollado. En un principio se pensaba que quedaban inmunizados de por vida, ahora se habla de meses. Preocupa que haya rebrotes en países que ya tenían todo controlado. Hasta que no aparezca una vacuna nadie va a estar tranquilo.

La relación con la familia del paciente

Un tema principal es la familia del paciente, que no puede tener contacto con él, no puede ingresar a la sala, y eso lo sufren mucho, el paciente puede fallecer dentro de la terapia y no lo podrán volver a ver, esa es una situación muy dura. Los familiares ruegan primero que el paciente de negativo de COVID para poder trasladarlo a otro sector donde sí se permita las visitas. Ese transcurso de tiempo es muy difícil. Nosotros le damos los informes por teléfono porque ya no se puede hacer personalmente. Si el paciente llega muy grave y fallece en la Terapia COVID la familia no lo verá más, porque se entrega el cuerpo a cajón cerrado aunque posiblemente el paciente no fue un caso de COVID, pero el protocolo que se debe seguir es ese. Eso es muy angustiante para ellos y también para nosotros.

El recurso humano y su limitante ante la pandemia

Lamentablemente no hay muchos terapistas, por lo tanto no se puede tener personal exclusivamente dedicado a un sector Covid. Lo ideal sería tener personal por separado para cada terapia, pero la realidad es otra. Hay tres médicos de guardia de terapia de lunes a sábados, es decir 21 médicos, y se rotan el domingo, más un jefe y dos coordinadores o jefes de sala, uno para cada terapia, además del personal de Enfermería y de Kinesiología.

El recurso humano es limitado, mucha gente cree que con tener 300 respiradores está todo solucionado, pero no hay 300 terapistas. Si un equipo se contagia, se va de cuarentena y hay que reemplazarlo. Si la situación empeorara y nos viéramos en esa situación sería complicado. Lo más complejo de esto es el recurso humano, no lo material.

Cuando esto comenzó y hubo personal que lógicamente salió de licencia por estar en grupo de riesgo no se resintió el plantel de médicos, porque tiene un promedio de edad joven. Sí lo sentimos a nivel de conducción, el 90% de la conducción entró de licencia porque supera los sesenta años, o por patologías previas, ante lo cual me quedé solo, mucha gente no lo sabe. Si bien tengo 63 años, por suerte sin problemas de salud, pero lo tomé como un tema de responsabilidades y no vi adecuado irme, porque había que reorganizar un servicio y formar médicos en nuevas funciones, sobre todo jefes de sala. La satisfacción es que una vez que comenzó la pandemia el equipo que comenzó no se quedó nunca, todos pusieron el hombro.

La vida social en pandemia

En la vida normal del médico esto no es fácil, el trato con la familia es complejo, el riesgo de llevar el virus a la casa se maneja de manera particular. Hay colegas que decidieron aislarse de su familia por un tiempo, o esperar el resultado del test, que si da negativo le da tranquilidad para volver por unos días a su casa. Otros prefieren vivir su vida de manera normal. Pero el terapista trabaja también en la parte privada y al ser los mismos la camaradería está presente, entre todos nos apoyamos, eso ayuda muchísimo para que sea más llevadero.

Respecto del trato social, uno siempre tiene miedo por lo que se puede decir, porque la gente actúa en base a lo que escucha. Entonces eso siempre está, que ante un caso positivo haya gente que reaccione personalmente contra nosotros y nos estigmaticen, como si nosotros fuéramos los transportadores del virus. No hemos tenido un problema real con eso, pero el temor de que ocurra siempre permanece. Todo eso se siente, sumado a que uno es el jefe del servicio y todo reclamo del personal lo recibe uno primero que nadie, por eso hay una comunicación permanente, con el personal y con los directivos, para que nada falte.

Las enseñanzas que el coronavirus va dejando

El aprendizaje ha sido constante, desde aprender sobre el virus, establecer conductas para enfrentarlo, conformar un comité de crisis que era algo muy necesario, tener contacto con el ministerio, todas cosas que aportan tranquilidad para poder transmitirla.

Cuando todo esto termine nos habrá cambiado la cabeza a todos, y tendremos que reflexionar y analizar, de nuestra parte desde el punto de vista sanitario, habrá que replantearse muchas cosas, entre ellas la formación de médicos terapistas, que está en crisis y es un problema a futuro, habrá que estimular mucho más al recurso humano para ello.