San Juan
Sábado 21 de Septiembre de 2019

Lágrimas

///Por María Alejandra Araya

No llorés, que no te vean llorar, secate esas lágrimas, los hombres no lloran, llora por cualquier cosa, lágrimas de cocodrilo. Esas y otras necedades fue escuchando La vaga durante su vida. Ahora que lloraba sin parar buscando un poco de paz, le daba otro sentido a las lágrimas.

A la vaga no se le había dado un proyecto aunque le había puesto el cuerpo, el espíritu y la energía. Una plancha de acero le cayó sobre la cabeza. Salvó cada obstáculo, asumió cada dificultad como un desafío.

Ahí aparecen las otras frases de colección: por algo será, no te preguntes porqué sino para qué, hay un plan divino, el hombre propone y dios dispone, la vida siempre da otra oportunidad, es para bien, después de la tormenta siempre sale el sol, cuando una puerta se cierra hay otras que se abren. Y cortamos acá porque la lista es infinita.

De los creadores de esos lugares comunes llega la reina de las frases: aceptación. Con la cual cortan todo reclamo o discusión. No dicen cómo hay que aceptar, se limitan a dar la pastilla.

Un viento anunciado con anticipación, propuso para las seis de la mañana otra lógica cotidiana. ¿Suspensión o no de clases? La vaga decidió no mandar a sus hijos a la escuela. Se hizo un bollo en la cama, se tapó y siguió llorando. Cuando el universo conspira en contra es mejor quedarse quieta.

Desde niña le habían puesto varios chips. Uno era el de las lágrimas. Como era mujer tenía ciertos permitidos que su hermano no. Permitidos con límites porque llorar con hipo era, a todas luces, un exceso que se castigaba con la reprimenda.

Tal vez, ahora, acurrucadita en su cama, lloraba por esto y por aquello. Lloraba por todo. Dándose el permiso de limpiar los dolores del alma.

Para La vaga la única salida, al menos por ahora, eran las lágrimas.

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