País
Domingo 01 de Abril de 2018

¿Y si no ganamos el Mundial?

Los partidos amistosos previos al mundial de Rusia nos dejaron un sin sabor, que más se parece a un sabor amargo. La Selección bicampeona el mundo y dos veces subcampeona no conforma y ahora esperamos un milagro o batacazo para volver a sentirnos los mejores del mundo en algo. Nos aferramos a la posibilidad de que se repita la hazaña de 1986 donde clasificamos de casualidad (igual que ahora), nadie tenía fe en el DT (igual que ahora) y llegamos al mundial a los tumbos (igual que ahora).

Cada cuatro años volvemos a sentir la pasión futbolera donde el escenario es nada más y nada menos que un certamen donde llegan los mejores del planeta y en el deporte más popular de todos: el futbol. En el camino para llegar a la competencia Argentina tuvo tres técnicos y eso da una señal de disconformidad permanente y la ausencia de un trabajo sostenido en el tiempo que permita saber qué tipo de planteo de juego tiene el equipo.

Resulta sorprendente que los mismos que elogian los logros del básquetbol argentino, o del rugby o de Las Leonas, y ponderan que en esos casos sí se nota que "¡hay laburo viejo!", sean los mismos que luego de dos derrotas seguidas de su equipo de fútbol pidan la renuncia del técnico de turno.

Y acá no se habla sólo de hinchas, sino también de medios y de periodistas, que se llenan la boca de elogios ante los logros de los deportes antes nombrados (a los que podríamos sumarle el tenis), pero ocupan espacio gráfico, radial y televisivo para castigar a aquellos entrenadores que no tuvieron la fortuna de que los acompañe el resultado, un hecho muchas veces anecdótico desde donde se lo mire.

Si bien en fútbol no existe la lógica, será muchísimo más probable que los resultados positivos lleguen si quien está a cargo es un trabajador como Marcelo Bielsa o como José Pekerman. Sin embargo, el primero tuvo la desdicha de no poder vencer a Suecia en 2002, y se volvió a casa antes de tiempo en el Mundial de Japón y Corea del Sur, donde llegó como favorito. En tanto, el segundo arañó el pase a semifinales en Alemania 2006, donde tuvo en jaque nada menos que al local, que recién pudo pasar a la siguiente fase tras los muchas veces injustos penales.

En ambos casos, la reacción general fue la de destrozar todo el proceso previo. A Pekerman lo llegaron a catalogar como "El De la Rúa del fútbol" y a Bielsa casi lo querían colgar del mástil de la plaza 25 como si fuera un asesino serial. Así de "histérica" es el hincha y así de "histérica" es un sector nefasto del periodismo deportivo argentino, que cree que opinar igual que el hincha le da un acercamiento a éste y más ventas/rating/audiencia según donde trabaje.

Habría que debatir y definir qué es éxito y qué es fracaso en el deporte, y especialmente en el fútbol.

Tampoco estamos ante la novela o el guión romántico de Alberto Migré, vaya veterano ejemplo; porque si nos presentamos a una competencia es para competir, y eso significa ganar o perder. El absurdo de "me da igual" no tiene ningún sustento para quienes como hinchas buscamos el éxito, de lo contrario: ¿para qué vamos a una competencia?.

Ahora bien, el mundial de futbol está impuesto de manera implícita como el punto central del 2018. Las cosas pasan antes del mundial (tarifas y aumentos) y después del mundial (campaña electoral rumbo al 2019); el precio del dólar, el aumento de los combustible, el gradualismo de las tarifas, la inflación, todo, todo... después del mundial como esperanzados en que el resultado del certamen alivie todos los males que venimos sobrellevando. Pero ¿y si no ganamos el mundial? No quiero imaginar el rosario de insultos que se llevará Sampaoli, Iguaín, Romero, Caballero y Lionel Messi por pechos fríos y por antipatrias y porque sí!.

Las cargadas a los chilenos serán historia y desde el vecino país vendrán memes memorables.

Si no ganamos el mundial, la vida seguirá, la inflación será la variable económica más temida, los precios y los salarios seguirán yendo de la mano y eso hay que saberlo. El mundo no termina en junio. El fútbol muchas veces funciona como una lupa que potencia lo peor que tenemos. Es un espejo deformado. En estas semanas pudimos ver en las redes sociales o en cualquier charla en la calle cómo la xenofobia, la discriminación, el chovinismo y el patrioterismo están latentes, esperando la oportunidad para saltar. Y por encima de todos esos rasgos que tenemos los argentinos, aunque queramos hacernos los tolerantes, está el exitismo, una enfermedad que ha trastocado la esencia del futbolero de estas tierras.

Ojalá Argentina gane el mundial, quién podría no quererlo; pero es remarcable tener en cuenta que eso puede no suceder y volver a la realidad es ni más ni menos que entender que es un juego y que también importan muchas cosas que deberán servir para replantearnos objetivos, examinar la dirigencia y volver al deporte con muchas canastas de mimbre en las tribunas. Eso significaría que hay muchos padres viendo a sus hijos jugar y disfrutar.

Será tal vez una ilusión pensar que eso es lo que nos interesa porque hoy nada importa. No existe el mañana si la final se pierde. No interesa el camino transitado, lo construido. Ganar o nada.

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