Submarino ARA San Juan desaparecido
Jueves 23 de Noviembre de 2017

Las imágenes que dicen todo sin necesidad de un comunicado

Durante la confirmación que se registró una explosión en el submarino ARA San Juan, las familias expresaban su dolor con tal sólo ver sus reacciones.

Habla Balbi, el vocero de la Armada. Está serio. Elige el tono pero, sobre todo, elige las palabras. Anoche habían armado una fórmula de dos términos que remitían a la verdad sin decirla: anomalía hidroacústica. Hoy amanecimos así, tratando de explicar el verdadero alcance del eufemismo.

Esta mañana las palabras buscan nuevas volteretas para acercarse, aún, un poco más. ¿Cómo decirlo? Esta vez se habla de un evento corto violento no nuclear. La fórmula no resiste a la primera pregunta. Sí, fue una explosión. Eso dice, al final, la Armada.

Mientras nos concentramos en un instante en un largo suspiro del vocero Balbi, que traga saliva, las pantallas partidas de los canales de noticias nos muestran a una chica de remera gris derrumbada, arrodillada, haciéndose un ovillo con alguien de buzo azul al que no le alcanzan los brazos para abrazarle el dolor.

La chica hunde su cabeza entre los hombros de su compañía. Cada tanto contrae y expande la espalda, como quien toma aire para volver a deshacerse en llanto.

Esa imagen en Mar del Plata y en simultáneo no necesita palabras. No hay nada que el vocero Balbi pueda decir ni que los periodistas puedan preguntarle para aclarar lo que está pasando más que la chica de la remera gris. Ella llora y lo aclara todo sin decir una palabra.

Balbi habla, pero la que dice es la chica de la remera gris.

A ella le siguen los abrazos de hombres grandes, gordos, rudos, que lloran como nenes. Un ancla inclinada sobre el césped de la base naval de Mar del Plata deja ver sólo su parte superior. Una cruz inmensa. Una cruz oxidada sobre los abrazos interminables.

La chica de la remera gris que nos dijo todo sin decir una palabra

Termina Balbi, agradece, se retira y Mar del Plata se vuelve furia.

"Son unos perversos que nos manipularon. No nos dijeron la palabra muertos pero ¿qué se puede entender?", grita Itatí Leguizamón, la esposa del oficial que manejaba los radares en el ARA San Juan.

Le preguntan si alguien les había prohibido hablar. "A mí nadie me va a prohibir nada. Yo soy abogada y voy a hablar todo lo que quiera. Si él ya no está qué me importa. Que se sepa todo. Son unos desgraciados perversos. Nos tuvieron acá una semana, ¿para esto?". Itatí pone su dolor en palabras. En las suyas, tan distintas, tan viscerales.

Entre la ansiedad y la confusión por entender lo que quieren decirles, los familiares oyen palabras como Embajador, Austria, Organización, Pruebas, Nucleares, Unidades, Mapeos o Incidentes.

Pero no pueden huirle al triángulo que los encierra en el estallido de sus emociones contenidas: Miércoles 15. 10.31 horas. Explosión.

Ya está. Digan lo que digan, sienten que ellos están como la chica de la remera gris. Ya no pueden decir más nada.


Fuente: Clarín

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