"De la mano de Leo Messi la vuelta vamos a dar", cantaban los hinchas antes del partido, en una de las decenas de canciones que se escucharon entre los 70.649 espectadores que colmaron el estadio de Dallas.
Lo que parecía solo un cántico de fe terminó siendo una profecía cumplida dentro de la cancha: Lionel Messi anotó un doblete que hizo estallar de júbilo a todo el estadio y que, además, lo consagró como el máximo goleador histórico de los Mundiales.
Una fiesta que arrancó días antes
La celebración no fue improvisada. La euforia albiceleste se empezó a sentir desde el domingo, con la llegada del plantel a la ciudad texana, y fue creciendo hasta desembocar en un banderazo masivo en pleno centro de Dallas.
Cinco mil hinchas argentinos copó el Klyde Warren Park horas antes del partido, mientras Lionel Scaloni y el plantel ultimaban detalles en la concentración. Ni el calor sofocante de más de 35 grados pudo frenar a los fanáticos, que se hicieron sentir a pura camiseta celeste y blanca, bombo y trompeta.
Para el día del partido, las calles cercanas al estadio ya eran un mar albiceleste. Entre todas las camisetas, predominaba una en particular: la número 10, la misma que hace exactamente 40 años llevó Diego Maradona en el Estadio Azteca para marcar un doblete histórico ante Inglaterra, y que hoy porta Messi, quien repitió la hazaña simbólica con otro doblete que lo metió en los libros de historia.
Una despedida que no quería terminar
Tras el silbatazo final, la fiesta se trasladó nuevamente a las inmediaciones del estadio. Los hinchas, lejos de retirarse rápido, se quedaron cantando y celebrando durante un buen rato, al punto de que el personal de seguridad debió pedirles reiteradamente que se dirigieran hacia las salidas para poder cerrar el operativo del estadio.
Un 22 de junio que, entre el doblete histórico de Messi, la clasificación como líderes de grupo y una hinchada que no quería que la noche terminara, se convirtió en una fecha doblemente memorable para el pueblo argentino.