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Jueves 24 de Octubre de 2019

La aberrante historia del matrimonio que planeó por meses el asesinato de su hija

Asunta nació en China y fue abandonada en un orfanato. A los 9 meses la adoptó un matrimonio español de clase alta. Resultó una hija obediente y una alumna brillante, pero algo misterioso y espeluznante sucedió.

El 21 de septiembre de 2013 empezaba el otoño en España. Para Asunta, ese mismo día, terminaban todos sus sueños. Era un sábado. Pero no cualquiera.





Su vida había comenzado en la ciudad china de Yongzhou, el 30 de septiembre de 2000, con el nombre de Yong Fang. Abandonada en un orfanato fue adoptada, cuando tenía nueve meses de vida, por un matrimonio español que no había podido tener hijos: Rosario Porto Ortega (en ese entonces 32 años, de Santiago de Compostela, abogada) y Alfonso Basterra Camporro (entonces 37 años, periodista, oriundo de la ciudad de Bilbao).





La suerte parecía haberse puesto del lado de esa dulce bebé de ojos rasgados.




Desde muy pequeña Asunta demostró ser extremadamente inteligente. Cursó sus estudios en el colegio Pío XII y, luego, en el Rosalía de Castro; los mismos a los que había asistido su madre. Estudiaba francés, inglés, chino, piano, violín y ballet. Y todo, absolutamente todo, lo hacía demasiado bien. Moría por la pasta, los huevos y los embutidos, y adoraba a su abuelo Francisco Porto.


Se forma una pareja

Esta trágica historia comenzó a tejerse muchísimo tiempo antes, cuando Rosario y Alfonso se enamoraron.





Alfonso Basterra tenía 26 años cuando conoció a Rosario Porto de 21. Corría el año 1990. Después de seis años de relación, se casaron en Santiago de Compostela, en una elegante ceremonia. La novia, había nacido el 11 de julio de 1969, y era hija única de Francisco Porto Mella, un reconocido abogado que había ejercido durante décadas como cónsul honorífico de Francia, y de María del Socorro Ortega Romero, catedrática de Historia del Arte. Alfonso, su novio, era hijo del industrial Ramón Basterra Santos y de la ama de casa María José Camporro, y tenía dos hermanos.




Muchos fueron los que pensaron que Alfonso había elegido más que bien: casarse con Rosario era un gran paso adelante. La familia de ella era reconocida y tenía mucho dinero. Él, como periodista, ganaba poco para los lujos a los que estaba acostumbrada su flamante mujer. Pero el amor los había unido. Y, aunque la gente no lo sabía, se habían casado con el régimen de separación de bienes.




Rosario había ido a los mejores colegios y había terminado su secundario en el Yago School, de Oxford, en Gran Bretaña. Luego, completó su formación académica en la Universidad de Santiago, donde se especializó en leyes. Más tarde asistió al High School of Law, de Londres, y realizó un posgrado universitario en París.





En 1996, el año de su casamiento, regresó a su ciudad como experta en derecho internacional y empezó a trabajar en su propio despacho, en la zona más cara de Santiago. El 3 de marzo de 1997 fue nombrada Cónsul de Francia, representación que heredó de Francisco.





Después de unos años sin tener hijos, los padres de Rosario empezaron a insistirles con la adopción. Querían ser abuelos. Finalmente la pareja se decidió e inició los trámites. El proceso llevó dos años y en junio de 2001, viajaron a China a buscar a su hija.





Tenía nueve meses, los ojitos muy despiertos y se llamaba Yong Fang. Ellos se enamoraron de la bebé, le pusieron de nombre Asunta y volvieron los tres felices a España.


Eso sería así, al menos, por un tiempo.






El camino... del divorcio


Asunta creció muy apegada a sus abuelos maternos. La muerte súbita de su abuelo Francisco, en julio de 2012, siete meses luego de la de su esposa, la afectó muchísimo. Para colmo, Rosario y Alfonso se separaron poco tiempo después: el día de Reyes de 2013.




Él había descubierto que ella le era infiel con otro hombre que, además, era casado. Luego de una violenta discusión tomaron la decisión de divorciarse.





Asunta se quedó viviendo con Rosario en su departamento de siempre, un piso de 174 metros cuadrados valuado en 350 mil euros. Alfonso se marchó con su familia a Burgos primero y, luego, a Bilbao.





En el mes de mayo de 2013 Alfonso volvió a Santiago de Compostela con 6.000 euros. Se los había prestado una tía rica a la que le había pedido ayuda económica. Con ese dinero pudo alquilar un modesto departamento, sobre la calle República Argentina, a la vuelta del de Rosario y Asunta. No quería estar demasiado lejos.





En junio de 2013, por un problema de lupus que derivó en una seria depresión, Rosario fue internada en un sanatorio. Esto hizo que Alfonso se ofreciera para ayudarla con Asunta. Eso sí, le exigió a cambio que abandonara a su amante. Era su única condición. Rosario aceptó, pero estaba demasiado fascinada con su nuevo amor. Decía que su ex era "un muy buen amigo y un mal marido" y lo definía como un "padrazo" con Asunta.




Cuando le dan el alta, Alfonso cumple con todo lo convenido: comen los tres juntos, ven películas y él cuida esmeradamente de Asunta. Pero Rosario continúa con las escapadas con su amante. Nunca pensó cumplir con lo prometido.






En las peligrosas manos de mamá y papá


A principios del mes de julio empieza una cadena de hechos alarmantes e insólitos. La noche del 4 de julio, en el departamento del tercer piso del número 31 de la calle Doutor Teixeiro, donde viven Rosario y su hija, se produce un episodio digno de una película de terror: un hombre enmascarado y vestido de negro trata de estrangular a Asunta mientras duerme. Rosario la habría salvado haciéndolo huir. Luego contaría que su hija había dejado las llaves puestas del lado de afuera de la puerta de entrada. Y, ante la sorpresa de los familiares, dio por terminado el tema.





Los hechos estrafalarios continuarían.


A la mañana siguiente, la pareja empieza a acopiar cajas de lorazepam, una droga para el manejo de la ansiedad y del sueño. Alfonso va a la farmacia el 5 de julio y se lleva 50 comprimidos. Cuatro días después, el 9 de julio, Asunta va a su clase de música luego de haber dormido en casa de su padre. Una profesora relató, durante el juicio, que ese día la alumna "no pudo recibir clase. Andaba en estado de sonambulismo".






A la semana, Asunta se fue por unos días a Portonovo con amigas y volvió el 17 de julio. Curiosamente, ese mismo día, Alfonso vuelve a la farmacia para comprar una caja de 25 comprimidos. Más tarde retorna al establecimiento para que le den más pastillas: dijo haber "perdido" lo que había llevado. En total, en el mes de julio de 2013, compró 125 comprimidos.






El 22 de julio hubo otro episodio de somnolencia con Asunta. Esta vez ella le dijo a sus profesores de música algo que sonaba increíble: que sus padres la "engañaban" y que su madre le daba "unos polvos blancos que la hacían dormir durante días". Al ser consultados, los padres, hablaron de una supuesta condición alérgica de Asunta por la que "estaba en tratamiento". El pediatra que la atendía negó cuando declaró que la pequeña sufriera alergia alguna.





El siniestro plan ya estaba en marcha. Asunta se hallaba en manos de sus victimarios. Esos padres que debían cuidarla, estaban pergeñando otro destino para ella.





El 30 de julio, otra vez en busca de remedios, Rosario acude a su consulta con el psiquiatra Ramiro Touriño. Le miente y le dice que no está medicada (aunque Alfonso, en realidad, llevaba todo el mes comprando Orfidal). Este médico, sin saber lo que ocurría, le vuelve a recetar lorazepam.




Esa receta no sería usada durante agosto. No la necesitaban. Asunta estaba de vacaciones, lejos de ellos: pasó del 31 de julio al 22 de agosto con su madrina en Vilanova de Arousa y, del 28 de agosto al 10 de septiembre, con la señora Carmen Amarelle -que la cuidaba desde que había sido adoptada- en Val do Doubra.




Apenas volvió a casa comenzaron, otra vez, los problemas. Faltó a su clase de ballet y al segundo día del curso escolar porque "se sentía mal", esgrimieron sus padres.




Qué casualidad, el día anterior, el 17 de septiembre, Alfonso Basterra había vuelto a la farmacia para conseguir ¡50 pastillas más de lorazepam! Ya poseían un verdadero arsenal químico... ¿para qué? ¿para quién?




El viernes 20 de septiembre Asunta se quedó sola en su departamento. Rosario se había escapado a pasar el día a Pontevedra con su amante (la persona en cuestión sería un poderoso empresario). Previendo lo tarde que llegaría llamó a Alfonso y le pidió que se ocupara de su hija. Por supuesto, le mintió: le dijo que estaba retrasada con una amiga.




Asunta ya era claramente una molestia y una carga para esa madre que solo quería una libertad sin agenda ni compromisos escolares para su nuevo amor.




Crónica de una muerte ¿anunciada?

El sábado 21 de septiembre, la familia (resulta difícil llamarla así) almuerza en falsa armonía a las 14 horas. Los tres en el departamento de Alfonso, que prepara unas ricas albóndigas con champiñones. Luego, juegan a las cartas. Allí, no lo confiesan ellos pero lo deducen los investigadores, le habrían dado a su hija la última y altísima dosis de lorazepam.





A las 17.21 horas Asunta se va de allí sola a su casa que queda a la vuelta. Llevaba ya en su pequeño cuerpo 27 pastillas de Orfidal. Rosario hace el mismo camino de regreso a su departamento 7 minutos después. Todo esto se sabe con precisión por las cámaras de una sucursal bancaria que grabó sus movimientos.




A las 18.12 Rosario Porto vuelve a aparecer, en otro foco de una cámara, entrando al garaje de su vivienda. A las 18.18 la niña es vista por unos conocidos en compañía de su padre, Alfonso Basterra, en las proximidades de la vivienda de Porto.







A las 18.22 el coche conducido por Rosario Porto rodea una rotonda camino a la casa de campo en Montouto, recientemente heredada de sus padres. A bordo se ven las figuras de ella y su hija. Se cree que Alfonso iba oculto en el asiento trasero.





A las 18.31 llegan a la casa, una muy linda construcción de piedra, con un jardín de 5000 metros cuadrados con piscina y cancha de tenis, en medio de una densa vegetación, que supo estar tasada en 900 mil euros.




La alarma de la casa se desconecta a las 18.35.




A las 19.29 la madre recibe datos de internet en su celular.




No se sabe nada de lo ocurrido allí dentro. Pero los forenses estiman que entre las 19 y las 20 Asunta es asesinada.





Alrededor de las 21 Alfonso aparece en nueve ocasiones en las cámaras de la sucursal bancaria cerca de su casa. Luego habrá una veintena de llamados del celular de Alfonso a distintos teléfonos. Se cree que fueron hechos para sembrar coartadas.





A las 22.30 Rosario y Alfonso se presentan en la comisaría central de Santiago de Compostela para denunciar la desaparición de su hija. Las sospechas de la policía sobre ellos fueron casi inmediatas.





A la 1.30 una pareja joven que va a una parroquia, encuentra el pequeño cuerpo que se veía perfecto bajo la luz de la luna llena. A la 1.39 la Guardia Civil recibe el aviso. El cadáver de Asunta es levantado de la escena a las 7 de la mañana del domingo 22.​


El lugar donde fue hallada queda solo a 5 kilómetros de la casa de campo de Rosario.


El día 24 de septiembre Rosario Porto, fue detenida acusada de homicidio, luego de asistir a la incineración del cadáver de su hija. Un día después, también sería detenido el padre, Alfonso Basterra.


La parodia que habían montado no se la creía nadie.


A las 20.53 la alarma de la casa vuelve a conectarse. A esa hora aproximada un vecino saluda a Rosario Porto que va en el auto, pero no ve a Asunta.




Se cree que Asunta salió muerta de esa casa cerca de las 21. Que fue introducida en el auto de Rosario, atada de pies y manos.



Su cadáver fue abandonado, con mucho cuidado, al costado de un camino arbolado.

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