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El Meteorito Chaco y sus mitos

Es el mayor fragmento conocido del meteorito Campo del Cielo que impactó en la región homónima, ubicada a 12 kilómetros de la localidad de Gancedo, en la actual provincia del Chaco. Su cráter fue descubierto en 1969 por Raul Gómez, un habitante de la zona. Es el segundo meteorito de mayor masa que se conoce.

Jorge Coghlan

Especial Diario UNO

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“Entre las culturas primitivas del Chaco, la destrucción de la Humanidad se habría producido mediante un fuego devastador”. El misionero jesuita Guevara registró el mito mocoví de la caída del Sol: “Entonces fue como por todas partes corrieron inundaciones de fuego y llamas que todo lo abrasaron y consumieron: árboles, plantas, animales y hombres. Poca gente mocoví, por repararse de los incendios, se abismaron en ríos y lagunas, y se convirtieron en caimanes y capiguarás. Dos de ellos, marido y mujer, buscaron asilo en un altísimo árbol desde donde miraron correr ríos de fuego que inundaban la superficie de la Tierra; pero impensadamente se arrebató para arriba una llamarada que les chamuscó la cara y los convirtió en monos, de los cuales tuvo principio la especie de estos ridículos animales”.

Pero para imaginar la grandiosidad de lo ocurrido en Campo del Cielo, hay que pensar en moles de gran volumen que cayeron acompañadas de miles de fragmentos menores, todo en estado incandescente. Pudo haber ocurrido en minutos y tras el estrépito, el fragor de los bosques incendiados. Así lo indican los restos carbonizados encontrados al buscar debajo de los meteoritos. Pocas veces el hombre habrá sentido más cerca la inminencia del fin del mundo, del Apocalipsis.

La estudiosa Elena Lozano obtuvo de un informante de la tribu vilela la memoria de un fuego grande que quemó todo: “Arboles, pájaros, todo. Una pareja cavó un pozo donde, con la demás gente se protegieron del estrago. Al concluir el fuego grande, el patriarca recomendó a los que salían que no miraran el suelo quemado. Pero una muchacha lo hizo y se convirtió en guasuncho, otra se convirtió en nutria y se fue a la laguna. Un viejo se hizo yacaré y una vieja gorda, loro. El patriarca y su compañera, que cerraron los ojos al salir, procrearon dos hijos, varón y mujer, a los que autorizaron la unión conyugal para que haya gente otra vez”. El investigador chaqueño José Miranda Borelli, recogió versiones semejantes entre las tribus tobas y matacas; todas con la narración del holocausto y el refugio en la cueva del escarabajo.

El Mesón de Fierro

El territorio del Chaco impuso duros tributos a quienes lo conquistaron. Tierra de montes impenetrables, de esteros, fieras y aborígenes bravíos, no se rindió fácilmente a los españoles y posteriores inmigrantes europeos.

El lugar impuso a la llegada de los blancos, la potencia de una naturaleza indómita que jaqueó siempre a los desconocidos y protegió a sus dueños: los indios. Tierra de los Guaycurúes la bautizaron algunos conquistadores. Provincia de los Payaguás, fue denominada por otros; Gran Chaco Gualamba terminaron por llamar los españoles a esa inmensa y misteriosa región.

El primer europeo que la pisó fue Alejo García, náufrago de una de las naves de Solís que, en 1526 inauguró, posiblemente a su pesar, la extensa lista de los que peregrinaron por la región.

Los aborígenes guaraníes recuerdan aún la denominada Hecatombe del Agua, llamada Iporú, de la que pocos hombres y animales se habían salvado, ubicándose en la copa de un árbol. Según los quechuas, existía un cerro que crecía a medida que las aguas subían y en el cual se refugiaban.

Estos enigmas motivaron a Gonzalo de Abreu, gobernador del Tucumán, a organizar en 1576 una expedición desde el río Salado hacia el levante en busca de una supuesta mina de hierro sin explotar. Comisionó entonces al capitán Hernán Mexía de Mirabal, quien entre julio y agosto de ese año, al atravesar la planicie de Otumpa vio un peñón de hierro que afloraba de la superficie como un raro monumento. En sus alrededores recogió muestras que luego fueron analizadas por herreros.

El sacerdote jesuita Martín Dobrizhoffer, en su Crónica Misional, cuenta que escuchó en Santiago del Estero (antes de 1767) la versión de que “a ochenta leguas de la ciudad, hacia el Chaco, existe en alguna parte una mesa o un tronco de árbol que semeja al hierro, pero que bajo el resplandor del Sol reluce como plata”.

En 1774 el militar Bartolomé Maguna, al frente de una guarnición de soldados y civiles, se movilizó desde Santiago del Estero, y llegó hasta Campo del Cielo. Allí encontró una gran barra o planchón al que denominó Mesón de Fierro, debido a su forma. Calculó que pesaba unas 25 toneladas. Dos años después repitió la expedición y los fragmentos extraídos fueron analizados en Santiago del Estero, Lima y Madrid.

Luego de Maguna, en 1779, llegó hasta el lugar Francisco de Ibarra. Melchor Miguel Costas, miembro de esa expedición, tomó las medidas: tenía 3,52 metros de largo, 1,85 de ancho y 1,19 de altura. En 1783 se efectuó por orden del rey Carlos III de España la expedición del capitán de fragata Miguel Rubín de Celis. Su objetivo fue precisar si el Mesón de Fierro era la parte superior de una montaña de hierro enterrada o se trataba de una piedra aislada.

La tropa, compuesta por 200 soldados y 500 reses, partió de Santiago del Estero el 15 de enero. Al frente, 20 hombres eran los encargados de detectar las aguadas que aprovisionarían de agua a los expedicionarios, detrás de ellos iban los “gastadores”, un grupo de 50 hacheros que se encargaba de “abrir el monte” para permitir el paso de las carretas y el resto de la tropa. (Continuará).

Fuente: Oscar A. Turone, Presidente de la Sociedad Meteorítica Argentina. Coordinador General Sección Meteorítica de la LIADA, Liga Iberoamericana de Astronomía.