Domingo 13 de Mayo de 2018

El juego de Nicanor

Nos shockeó, nos abofeteó y nos despabiló de tal manera que aún estamos absortos por el caso. Nicanor Quinteros, el niño de 12 años que elige ayudar con un juego que más allá de lo lúdico; es un rebosante ejemplo de solidaridad, deseo de superación y grandeza.

Faltaban pocos minutos para que Estudio 8, el programa de temas de análisis de canal 8 terminara. El dólar, la economía, la corrida de divisas y una Argentina llena de incertidumbres era el tema obligado para debatir, contextualizar, comparar y discutir; de hecho así ocurrió en la mesa de periodistas que profundizó el abordaje en todas sus aristas. El broche de oro era una historia que iba a echar por tierra todas las especulaciones de ese mundo donde el dinero y el capital nos convirtió en supuestos expertos de una realidad por todos harto conocida. Nicanor nos cautivó a tal punto que la noticia cambió de eje al instante. Nunca, hasta ese momento, habíamos sido testigos de un caso similar en donde la viralización por las redes sociales alcanzaba a cientos de miles que aún hoy no dejan de expresarse por su conmoción.

Una escuela en el fondo de un humilde rancho de adobe, organizada y con la estructura escolar estudiada e idéntica a la de cualquier establecimiento que se precie contenía a través de un juego a un grupo de chicos que encuentran placer en estudiar, en compartir y en enseñar. Tal vez nuestra mirada, por un instante, pudo detenerse en lo que aquello nos reflejó desde lo material porque todo, absolutamente todo era precario... o en verdad... ¿era precario?.

Ese lugar se convirtió en un palacio de oro a partir de la iniciativa de Nicanor, su abuela y sus primos de jugar a la escuelita, al maestro, a los alumnos; de jugar a aprender, de jugar a ser grandes sin darse cuenta que están jugando y aprendiendo a ser mejores personas, y verdaderos líderes capaces de dirigir y contener. Esos dos valores es lo que cualquier empresa buscaría en su personal para sus emprendimientos; dos valores que cualquiera de nosotros se debate en encontrar en políticos y sindicalistas y allí en la calle Chacabuco y 9 en Pocito, se nos develó brillando en Nicanor y sus amigos, con la misma pureza y simpleza de un diamante en bruto: Por fuera aparenta grafito, y por dentro es la piedra más bella y dura de la montaña.

La vida de Nicanor, su responsabilidad y capacidad; el amor de su abuela; y la infancia de sus primos y vecinos; deben permanecer intactas. No cometamos el error de trasladarle a él nuestras incapacidades, no lo convirtamos en maestro, porque no lo es. Seamos capaces de involucrarnos en la historia dedicándole tiempo, no lo hagamos depositario de infinidad de donaciones que calmen nuestra precariedad espiritual. En silencio, quienes podemos hacerlo, solo debemos abrirle caminos para que su vocación llegue un día a complacerlo y cuando eso ocurra, no me cabe ninguna duda que Nicanor hará de grande lo mismo que hoy de niño.

Nicanor no solo es el maestro de esa escuelita improvisada en el fondo de su casa, Nicanor es el maestro de toda una sociedad cansada de tantos avatares que la historia se encapricha en volvernos a entregar. Nicanor es el maestro de todos y su enseñanza debe traspasar fronteras.

No olvidemos nunca ese nombre... Nicanor Quinteros; sepamos que dentro de unos años volverá a ser noticia, ojalá; es mi única gran esperanza

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