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Egipto: sigue la matanza y apareció una advertencia del gobierno

El jefe del ejército realizó una primera aparición tras registrarse más de 1000 víctimas fatales por los enfrentamientos. Dijo que las autoridades no van a tolerar más violencia. 1000 muertos en enfrentamientos

En su primer mensaje tras la sangrienta ofensiva del miércoles contra dos campamentos de islamistas, el jefe del ejército y hombre fuerte del nuevo régimen egipcio, Abdul Fatah al-Sisi, advirtió ayer a los Hermanos Musulmanes que el Estado no tolerará más violencia en los reclamos para restituir en el poder a Mohammed Morsi.

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"No permaneceremos impasibles ante la destrucción del país y las amenazas contra la población ", dijo ante la cúpula de seguridad de la fuerzas armadas Al-Sisi, que presentó al ejército como guardián de la voluntad del pueblo. "Quien imagine que la violencia puede doblegar al Estado y a los egipcios deberá corregirse", advirtió.

Al-Sisi destacó también que las fuerzas armadas no ansían retornar al poder, que abandonaron en 2012 luego de 61 años de dictaduras.

"El honor de proteger la voluntad del pueblo es un orgullo más grande que gobernar Egipto", destacó el hombre que encabezó el golpe de Estado contra Morsi y cuyas declaraciones fueron citadas por la televisora estatal y publicadas en la página oficial del ejército en Facebook.

Sin embargo, y pese a la espiral de violencia que amenaza con arrastrar al país a una abierta guerra civil, el jefe militar insistió en que en Egipto hay lugar para todas las facciones, en una clara alusión a los Hermanos Musulmanes, el partido más poderoso del país.

"Les hemos dado muchas oportunidades [a los Hermanos Musulmanes] para poner fin a la crisis pacíficamente y pedimos a los seguidores del antiguo régimen participar en la reconstrucción de la vía democrática e integrarse en el futuro mapa político en lugar de optar por las confrontaciones y destruir el Estado egipcio'', pidió Al-Sisi durante su reunión con los altos mandos militares y jefes de la policía.

El llamado del líder militar no menguó la violencia y la persecución política contra los islamistas, que continúan movilizados desde miércoles pasado tras el baño de sangre en las plazas cairotas de Rabea al-Adauiya y Al-Nahda, batallas que ese día dejaron más de 600 muertos.

En un confuso incidente en una prisión, por lo menos 38 islamistas detenidos que eran trasladados a una cárcel en el norte de El Cairo murieron cuando su convoy fue asaltado por hombres armados que pretendían liberarlos. Según dijeron fuentes oficiales, los detenidos, que formaban parte de un grupo de 612 presos, perdieron la vida durante los choques cerca del presidio de Abu Zabal, en el norte de la capital.

En su primera reacción a los hechos, el Partido Libertad y Justicia, brazo político de los Hermanos Musulmanes, calificó en un comunicado la muerte de los detenidos de "terrible masacre sangrienta".

En las últimas horas también fueron detenidos casi 500 islamistas por su participación en los disturbios que tienen en estado de ebullición al país árabe más poblado del mundo y aliado clave de Estados Unidos, que anualmente destina a El Cairo 1200 millones de dólares. La mayoría de esos presos había irrumpido en la mezquita de Al-Fateh, que fue violentamente desalojada por la policía el sábado.

Además de enfrentar al aparato de seguridad, los seguidores de Morsi mantienen otro frente abierto con los autodenominados "comités populares", milicias armadas con palos que con la connivencia de las fuerzas de seguridad toman las calles de la capital antes de que caiga la noche. Esa presión llevó a los islamistas a cancelar ayer varias marchas planeadas por razones de seguridad.

En este contexto, el gobierno egipcio continuó sus esfuerzos diplomáticos para instalar en la comunidad internacional que el conflicto no tienen su origen por diferencias políticas, sino que se trata de una amenaza existencial al Estado por parte de un grupo extremista y fanático.

Egipto sufre la peor ola de derramamiento de sangre de su historia moderna, sólo 30 meses después de que el derrocamiento de Hosni Mubarak fue aclamado como un cambio democrático en una región gobernada por autócratas.

La llegada al poder de Morsi en junio de 2012 y su derrocamiento el 3 de julio pasado, tras ser acusado de impulsar la islamización del país, desataron una polarización política sin precedente y el posterior estallido de la violencia.

Los enfrentamientos entre los seguidores de Morsi y la fuerzas de seguridad llevan un saldo de más de 900 muertos y por los menos 4000 heridos, mientras el país se encuentra a las puertas de una guerra civil o de la restauración de una nueva dictadura militar.

fuente: La Nación