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Brazadas del alma

El santafesino Sergio Zayas es un auténtico ejemplo de lucha contra la adversidad. Ciego de nacimiento, a través de la natación se tomó revancha de la vida y conquistó innumerables premios y distinciones en todo el mundo.

Julio M. Cantero

ovacion@unosantafe.com.ar

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La historia de vida de Sergio Adrián Zayas es sinónimo de lucha desde que llegó al mundo: nació con casi seis meses (o 25 semanas) de gestación, con un peso de apenas 750 gramos y peleó muy duro por su vida, la que corrió muy serio peligro. Muy serio, al punto que bajó hasta los 600 gramos y, durante 15 días, todos rogaban por un milagro que, finalmente, se produjo porque, es estos casos, sólo sobrevive uno en un millón. Y Sergio sobrevivió. Logró superar esta encrucijada pero, por ser prematuro, sufrió una retinopatía que le provocó, a su vez, la ceguera total.

“No tengo nervio óptico. Como era prematuro, no se me había desarrollado bien la vista, o los pulmones...”, recordó Sergio. “Entre los cinco y seis meses, notamos que no veía, o movimientos que no hacía y, luego de algunos estudios, se confirmó su ceguera. Por eso, con 9 meses comenzó a hacer estimulación en la Escuela Especial Nº 2075 «Dr. Edgardo Manzitti», para chicos con discapacidades visuales que, es esa época, estaba en Salta y 25 de Mayo, en el predio de la ex Entel. Hoy, está en el barrio Centenario”, agregó su padre, Sergio Adrián.

Pero su lucha no terminó ahí, porque “a los 3 años vivía internado”, acotó Sergio. No obstante, a los 4 descubrió un nuevo elemento con el cual, a la fecha, estableció un homogéneo e indisoluble vínculo: el agua. Así comenzó en la natación de la mano de Fernando Fleitas (ganador del maratón Santa Fe-Coronda en la edición de 1991) en el Club Banco Provincial de nuestra ciudad y, entre los 8 y 9 años, disputó sus primeras pruebas.

En ese momento, sólo Dios supo qué vendría después (ver Su brillante trayectoria) ya que, a la fecha, Zayas es el único santafesino que participó de dos Juegos Paralímpicos: los de Beijing 2008 y los de Londres 2012. ¡Ah! Y recién tiene 22 años...

—¿Qué es la natación para vos?

—Es algo muy importante que me ayudó, y me ayuda, a vivir. No sólo porque mejoró mi salud, después de tantas que tuve que pasar y sufrir, sino que me dio muchas otras cosas como, por ejemplo, aprender a defenderme solo, además de conocer varios países y culturas diferentes.

—¿Qué harías sin la natación?

—Sin la natación estaría todo el día sentado en mi casa. Desde muy chico hice varias cosas. Andaba mucho en bicicleta, y me pegué cada porrazo (se ríe), jugué al fútbol, siempre hice algún deporte... También probé con otras cosas, y hasta quise tocar la guitarra pero, a los tres meses, la cambié por la natación (se ríe otra vez). Tenía 9 años, y es el único regalo de Navidad que me duró.

Entrenamientos y estudios

Sergio completó sus estudios primarios en la Escuela Nº 136 Gregoria Pérez de Denis de barrio Belgrano y, los secundarios, en la Nº 256 Juan Bautista Bustos, frente a la Plaza España.

En la actualidad, es un aventajado alumno en el Centro de Perfeccionamiento y Actualización Técnico, Docente y Deportivo Nº 7.800 de nuestra ciudad, dependiente del Ministerio de Educación provincial, donde cursa el 3º y último año de la carrera de Profesionales en Periodismo Deportivo.

Pero, además, Sergio dedica varias horas del día a entrenarse a las órdenes de su padre. “Los lunes , miércoles y viernes, lo hago en una pileta en Las Flores y trabajo con Cristian Carrizo, un colaborador de mi equipo, y hermano de Martín, nadador de aguas abiertas y que participó en el maratón Santa Fe-Coronda. De lunes a sábados voy a la pileta de Gimnasia y Esgrima de 4 de Enero y Juan de Garay; de lunes a viernes por la tarde y, los sábados, por la mañana. Además, los martes y jueves hago trabajos de fuerza en un gimnasio por la mañana. En total, hago unas cinco o seis comidas por día, y nado unos diez kilómetros. A veces hacemos velocidad, en otras fondo, o corregimos técnicas”, detalló quien fue Deportista Destacado de Diario UNO en 2012.

El apoyo incondicional

La familia de Sergio se compone de sus padres, Sergio Adrián e Isabel Alejandra, y sus tres hermanas: Betiana, de 25 años, que es empleada; Ximena, de 24, ama de casa, y Soledad, de 20, que estudia Abogacía.

—¿Qué rol desempeñó tu familia desde tu nacimiento hasta el presente?

–Les estoy eternamente agradecido. No se conformaron con que yo era ciego y tenía que quedarme encerrado en casa. Por eso, los quiero mucho, son el infaltable apoyo mi vida y mi carrera y, por ellos, soy lo que soy.

Un espíritu forjado en la adversidad

La historia de vida de Sergio es la típica de todo atleta con capacidades especiales –donde todo cuesta el doble o el triple–, pero es riquísima en muchos otros aspectos ya que, el esfuerzo de cada día en pos de la ansiada superación, personal y profesional, lo convierte en un ejemplo para muchos, con capacidades diferentes o no, aunque a él no le guste este rótulo.

—¿Cómo te considerás con respecto a quienes te rodean, y que no presentan alguna discapacidad?

—No me considero distinto a otros. La discapacidad no te hace distinto, para nada. Conozco a muchos que son ciegos y se encierran en sus casas, ni salen y no viajan solos en un colectivo, por ejemplo, cosa que yo sí hago todos los días. Muchos discapacitados no se adaptan, no quieren juntarse con personas que algunos llaman “normales” o, mejor dicho, convencionales, por el temor al rechazo. Es así de crudo. Además, muchos padres de esas personas son sobreprotectores, lo que provoca que se aíslen más todavía. Por eso, el trato debe ser normal para todos.

—¿Cuánto hiere o molesta cuando escuchás que, al referirse a vos y a tu ceguera, algunos dicen “pobrecito”?

—No le presto atención, para nada, porque siempre trato de darle para adelante. No queda otra. La vida es dura para todos. Como estoy convencido de lo que hago, no creo que mi discapacidad sea un impedimento para hacer cosas, porque me entreno todos los días, competí y compito y, además, estudio. Yo andaba solo en bici por la calle, así que imaginate...

—¿Sos creyente?

—Sí, lo soy, pero no voy seguido a la iglesia, ni soy de rezar mucho. Pero como voy a ser padrino de mi sobrinito Benjamín, uno de los dos hijos de mi hermana Ximena, ahora voy a ir (se ríe). Mi otro sobrino es Tiago.

—Con respecto a tu ceguera, ¿alguna vez te preguntaste “por qué a mí”?

—No, nunca me lo pregunté. A esto nunca lo dije, pero mi familia ya sabe que, si algún día tuviera la oportunidad de recuperar la vista, diría que no. Prefiero seguir así, con todo lo que tengo, y cómo lo tengo, ya sea mi familia o mi trayectoria deportiva. Es muy difícil cambiar. Si uno queda ciego de grande es una cosa pero, si lo es desde chico, es otra. Sería algo raro pasar a ver, con todo lo que conllevaría. Estoy muy conforme con mi vida, y no puedo pedir más nada.

—¿Y si fuera un oro paralímpico?

—(Se ríe) Por más que salgas último, a un Juego Paralímpico vas con la idea de ganar un oro. Aunque yo fui a dos, hay que ser realistas porque, las diferencias de nivel entre Sudamérica y Europa o China, son grandes. No de las formas de entrenamiento porque, en general, son similares, pero se dedican de lleno a entrenar y competir. En Europa compiten una vez por mes y, acá, a veces, lo hacemos cada seis meses. Esta es una de las más grandes diferencias con ellos.

—¿Y cuáles son con respecto al apoyo recibido por nuestros atletas?

—El ENARD (Ente Nacional de Alto Rendimiento Deportivo) es algo bueno, nos paga los viajes para ir a competir y, antes de los Juegos de Londres, tuvimos tres torneos en tres meses, que nos ayudó mucho para llegar con un buen nivel de competencia. Fuimos a Montreal (Canadá), San Pablo (Brasil) y Sheffield (Inglaterra). Y cómo será que, entre Sheffield y Londres, bajé dos segundos mi tiempo en los 100 metros espalda.

—¿Tuviste problemas, o te sentiste rechazado, por tu condición de ciego?

—En algunos lugares me costó “entrar” por mi discapacidad. La sociedad es así, en algunos casos es prejuiciosa. Por ejemplo, cuando arranqué a entrenar en Gimnasia tuve algunos problemas, porque algunos socios se quejaron. Pero un cambio para bien, porque hoy me entreno tranquilo y no tengo mayores inconvenientes.

—¿Qué es lo primero que se cruza por tu mente cuando escuchás la palabra “discriminación”?

—La gente tiene como una especie de miedo “a lo que pudiera pasar”. Como si al darle al mano a alguien pudiera contagiarle mi ceguera... Por eso, hay algunos que no ayudan a un ciego a cruzar la calle, y hasta no te dan la mano. No debe ser así.

—¿Te considerás un modelo o ejemplo para tus pares con capacidades especiales y el resto de la sociedad?

—Soy una persona normal y corriente, y no me siento un modelo o ejemplo. Lo que sí podría decirle a la gente es que intenten hacer alguna actividad, ya que no hay impedimentos para hacerla. Que vean cómo personas con capacidades diferentes sobresalen en las distintas actividades de la sociedad, en sus profesiones o sus trabajos, o en muchas disciplinas deportivas. No todo son 11 jugadores atrás de un pelota porque, por ejemplo, en el fútbol para ciegos se requiere de mucho oído y sentido de la ubicación para jugar, lo mismo que cuando un ciego compite en una pileta.

—¿Te gustaría competir alguna vez en el maratón Santa Fe-Coronda?

—Es algo muy nuestro, de todos los santafesinos y, algún día, me gustaría hacer una parte del recorrido, o directamente, hacerlo entero. Se puede. Como ejemplo está el de John Morgan, que quedó ciego cuando se le cortaron los tensores con los que se entrenaba y le pegaron en los ojos, ya de grande. Como en la Argentina no contaba con el apoyo económico para correr, se fue a los Estados Unidos, y se cansó de batir récords mundiales y de ganar medallas paralímpicas a pesar de su ceguera. Hasta está en el Hall de la Fama de la Natación. Es más, corrió el Santa Fe-Coronda de 1991, y anduvo muy bien.

Y hay otro caso, el de Brunito Lemaire, quien tiene una discapacidad en un pie (NdeR: el nadador corondino posee poca flexibilidad en sus tobillos, por acortamiento del tendón de Aquiles, que disminuye su propulsión en el agua, y compite en la categoría S10), y lo hizo entero este año. La última vez que nadé en el río fue en 2007, en Santo Tomé, un día en que se largó una gran tormenta. Yo comencé a nadar con Fernando Fleitas, alguien que ganó el maratón, justamente y, si algún día surgiera la posibilidad, él podría guiarme.