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Adolescentes de vacaciones: violencia y falta de controles

Cada vez son más los jóvenes que viajan con sus amigos. Sin acompañamiento de los adultos, la violencia que suele aparecer en la escuela ahora se traslada a otros ámbitos como los boliches.

Victoria Rodríguez

Diario UNO Santa Fe

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Villa Gesell, Carlos Paz, Colón, Gualeguaychú, Mar del Plata y Brasil son los lugares preferidos por los jóvenes para veranear. Desde hace unos años se profundiza la tendencia, cada vez a más temprana edad, de que los adolescentes disfruten de esos viajes sólo en compañía de sus amigos. Como sucede en las escuelas, los espacios de encuentro de los jóvenes en los lugares turísticos son también momentos de tensión y, cada vez más, de expresiones de violencia. Diferentes especialistas analizaron el por qué de ese tipo de reacciones y marcaron que es necesario un cambio a nivel social para frenar la problemática.

El miércoles se conoció que una chica de 15 años había sido agredida por otra de 17 a la salida de un boliche en Gualeguay (Entre Ríos), el 30 de diciembre. El video, capturado por alguien cercano a la agresora, se difundió ampliamente en las redes sociales y los medios de comunicación. Allí se ve la saña con que la mayor de las adolescentes golpea, patea y arrastra a la víctima. La escena, por demás violenta, se repite en escuelas, boliches y calles de todo el país. A modo de ejemplo están los casos de chicos golpeados hasta la muerte, también a la salida de las discotecas, en Buenos Aires. Además, cualquier educador puede recordar haber presenciado e interrumpido al menos una golpiza en los patios, las aulas o los alrededores de los establecimientos escolares.

Según datos del Observatorio de Violencia Escolar de la Universidad Católica Argentina, uno de cada tres estudiantes le tiene miedo a un compañero; y cerca del 40 por ciento del alumnado sufre en silencio agresiones de manera habitual.

Desde que el fenómeno del bullying (acoso escolar) se muestra de manera frecuente en los medios de comunicación, las autoridades ministeriales y escolares, los educadores y varios especialistas insisten con que “la escuela es una caja de resonancia de los problemas de la sociedad”. Y el receso de verano parece acompañar esa afirmación, ya que cuando no hay clases las agresiones aparecen en los otros ámbitos en los que los jóvenes se encuentran pero esta vez sin demasiadas posibilidades de que un adulto intervenga para evitar los daños.

Otros escenarios

Cada vez que en las escuelas se detecta un caso de violencia grave de inmediato la mirada se posa sobre los docentes, los directivos y los funcionarios. La necesidad de que ellos den respuestas sobre por qué pasó, cómo no se pudo evitar y de qué manera se resuelve muchas veces aleja la mirada de los protagonistas del hecho y de su entorno que es mucho más amplio que sólo la escuela.

Entonces, ahora que las escuelas están cerradas y los escenarios son otros ¿a quién hay que exigir respuestas sobre la violencia?

En varias oportunidades Diario UNO dialogó con profesionales del campo de la psicología, la psicopedagogía, la psicología social y la pedagogía para intentar comprender qué se oculta detrás de hechos que no dejan de alertar a la comunidad.

María Catalina Gorosito, psicóloga, ha expresado al respecto: “En realidad creo que cada vez es mayor la precocidad con la que se manifiestan estas situaciones. Eso es llamativo porque creo que en esta situación de violencia que está muy hablada por los profesionales todavía deja cosas no dichas por los jóvenes que son los protagonistas. Creo que, en el fondo, es un reclamo a manera de decir: «Acá estamos». Es un reclamo a los sinsentidos que, lamentablemente, la sociedad adulta les está mostrando y que tienen que ver con la falta de proyección. La familia tampoco ofrece espacios de contención en esta situación social, económica y política”.

Y agregó: “Entonces cuando los jóvenes se encuentran, lamentablemente, los códigos que tienen implica suplir la palabra por una lógica liberada de la pulsión. Es como si quisieran diluir los controles internos, las normas que les dicta el superyo. En ese marco, el alcohol y la droga parece hacerlos sentir más libres para reclamar eso que ni ellos mismos saben qué es. Hay un pedido muy fuerte mostrando lo que les está pasando. No agreden hacia el mundo exterior sino que se agreden entre ellos. Al pasar tantas horas en hábitos donde sólo permanecen horas y horas sin otro motivo que no sea consumir alcohol y drogas, los grupos ya no pueden comunicarse con la palabra sino la expresión de pulsiones que tienen que ver con el desahogo a través de la promiscuidad en el sexo”.

Al respecto también vale la pena recuperar la mirada de Alejandro Castro Santander, referente del Observatorio de Violencia Escolar, quien hacía referencia a los modelos que las niñas, niños y adolescentes encuentran en el mundo adulto. “Sería correcto preguntarnos acerca del ejemplo que estamos dando a los chicos desde la familia, la escuela, las iglesias, los medios de comunicación y los responsables de las políticas sociales y escolares. Es lícito que nos preguntemos esto, porque la violencia es una conducta aprendida, y ya es hora de que en vez de mirar sólo al alumno, veamos los distintos contextos desde los que les estamos enseñando la violencia”, dijo y continuó: “Familias, por ejemplo, en las que no se prioriza el diálogo para resolver dificultades, enseñan a los más pequeños estilos de violencia física o psicológica, que se utilizan luego en la convivencia con otros, sean compañeros o docentes. En otros hogares, deberíamos preguntar ¿quién manda?, porque si la respuesta es «el hijo», en el aula quiere hacerlo «el alumno»”.

En ese sentido, el especialista marcó que muchas veces se utiliza la diferencia entre las personas como la excusa para expresar la violencia. “Sabemos que la violencia que se da entre los jóvenes tiene generalmente un proceso: se reconoce al compañero como más débil, o se utiliza una «diferencia» para actuar. Pero, tratamos de diferenciar a aquellos que agreden dentro de determinadas dinámicas grupales, argumentando, por ejemplo, tanto la víctima como el agresor, que están «jugando», de aquellos que utilizan distintas estrategias para dañar, porque lo quieren ver humillado, dominado o excluido al otro”, detalló y subrayó: “Me atrevería a decir, que lo que existe es poca tolerancia a la diferencia, entonces puede ser el peso, la nariz, las orejas, los anteojos, la orientación sexual, etc. Cualquier diferencia se convierte en un argumento para dañar”.

Nuevas formas de vacacionar

Sin dudas el hecho de que los adolescentes pasen períodos relativamente largos sin supervisión de un adulto presenta un desafío. Mientras unos pueden utilizarlos para poner en práctica valores y aprendizajes otros pueden optar por llevar un poco más allá los límites.

La psicóloga social Nancy Francalanza tiene una larga trayectoria en el trabajo con alumnos de diferentes niveles del sistema educativo y, en varias oportunidades, se ha referido al tema en diálogo con Diario UNO. En relación a cuáles son las pautas que las familias deben tener en cuenta para evaluar si un adolescente está preparado para disfrutar de manera responsable de un viaje con amigos, explicó: “No existe una edad cronológica determinada para eso, depende de cada persona”, sostuvo y remarcó que hay que tener en cuenta cómo el o la joven se desenvuelve en la vida cotidiana, si asume sus responsabilidades y cuenta con la madurez necesaria para hacerse cargo de su cuidado y del de los demás.

“La responsabilidad que se tenga frente a su vida y a ciertos peligros se construye en el tiempo y con el sostén adulto que sirva como un buen referente. Como padres y como adultos tenemos que saber leer las señales que dan los adolescentes para saber si pueden o no enfrentar el desafío de viajar solos. En eso tiene mucho que ver la autoestima”, manifestó la profesional.

Y a modo de recomendación indicó que una vez que los adolescentes se han ido de vacaciones, la comunicación que se mantenga debe ser producto de un camino de construcción. “Ya que cuando los padres están tranquilos –aunque nunca se logra la tranquilidad total– y pueden confiar, no necesitan estar encima permanentemente.

Los padres tienen que asegurar condiciones para que el chico que viaje sepa que ellos necesitan que les comuniquen que están bien pero siempre desde el amor y el respeto a esa intimidad que también uno tiene como adulto y padre”, añadió.

Y es que el compromiso de los adultos en la formación de jóvenes responsables es la herramienta más eficaz para terminar con las situaciones de violencia que se viven en las calles, en las canchas, en los boliches y en cualquier lugar en el que la ciudadanía deba compartir un momento con otros que son diferentes. Igualmente importante es tratar de dialogar y escuchar los llamados detrás de esos problemas.

Sobre ese punto Gorosito, que ha observado con detenimiento las actitudes de los jóvenes en los lugares donde vacacionan, indicó que “se los suele ver en las playas y plazas sin ningún tipo de control y con un lenguaje que llega a ser provocativo, exhibicionista y agresivo. Se agreden entre ellos y al mismo tiempo a la mirada del que los está observando.Es como si dijeran: «Esto estamos haciendo nosotros, nos molesta, no estamos bien, pero tampoco ustedes pueden sentirse bien viendo toda esta cosa tan descontrolada»”.

A lo que sumó: “Creo que el descontrol es un llamado poderoso de atención. Esto es consecuencia de muchos factores, como la pérdida de valores y de proyecciones, pero además creo que el rol protagónico sigue siendo la familia. Es un pedido de auxilio porque están muy solos y sienten un vacío total”. Y, por último, marcó que muchos de los jóvenes que protagonizan esas agresiones o situaciones tienen en común, en el caso de los que están vacacionando, que disponen de recursos económicos para estar solos 15 días en un departamento u hotel.