La historia del bidet tiene más de tres siglos y arranca, como tantas cosas elegantes, en Francia. En el siglo XVIII, las mujeres de la nobleza lo usaban para higienizar sus partes íntimas. La palabra “bidet” es de origen francés y significa literalmente “caballo pequeño”, porque para usarlo había que montarse sobre él de frente a las canillas y a la pared.
Para fines de la Segunda Guerra Mundial ya era un elemento clave en la salud pública francesa y había uno en cada hogar. La ironía es que Francia, el país que lo inventó, terminó abandonándolo. Los argentinos, en cambio, lo adoptaron para siempre.
Según el director del Museo del Agua y de la Historia Sanitaria de AySA, Jorge Tartarini, todo empezó alrededor de 1880, cuando París era la meca cultural de los argentinos. Los viajeros que llegaban a la capital francesa lo conocían, se enamoraban del artefacto y lo traían de vuelta. Así se convirtió en el cuarto elemento imprescindible del baño argentino, junto al inodoro, el lavatorio y la bañera o ducha.
Pero los argentinos, fieles a su estilo, le hicieron una modificación. En Europa se usaba de frente a la pared. Acá le damos la espalda a las canillas. Un giro que, como señala Tartarini, “nos lleva a increíbles contorsiones para regular la potencia de los chorros de agua”. Clásico.
La pareja de influencers que desató el debate no se quedó en la queja. Encontraron una solución: un bidet portátil que consiste en un rociador sumergible, una válvula de aire y una manguera extensible que termina en una boquilla de pulverización. En pocas palabras: llevan el bidet en la valija. Y muchos argentinos que viajan al exterior entendieron perfectamente el problema.
Si los argentinos son fanáticos del bidet, los japoneses directamente lo convirtieron en tecnología de punta. En Japón, los llamados “inodoros inteligentes” incluyen asientos con calefacción, bidets incorporados, audio para proteger la intimidad del usuario y algunos hasta se limpian solos. Es el bidet llevado al siglo XXI.