El bidet: la historia de un invento francés que los argentinos usamos al revés
Fue creado para lavarse después de tener relaciones sexuales y para los puritanos, usarlo era inmoral.
Fue creado en Francia para higienizarse las partes íntimas después del sexo, resistido por el catolicismo y adoptado por los argentinos, que reinventamos la forma de utilizarlo. ¿Cómo concebir un baño sin bidet? Los viajeros tuvieron que acostumbrarse, porque este artefacto fue cayendo en desuso en la mayoría de los países del mundo. Y la Argentina podría ser el próximo en el que desaparezca para siempre: el Código de Edificación que ya recibió aprobación inicial elimina la obligatoriedad de incluirlo en los baños.

Algunas teorías aseguran que fueron los caballeros de las Cruzadas los que inventaron el bidet, cuando regresaron de Jerusalén. Y que lo hicieron para lavarse los genitales antes y después de tener relaciones sexuales. Sin embargo, la versión más generalizada afirma que el bidet fue creado en Francia, en el siglo XVIII, donde las mujeres de la nobleza lo usaban, también, para higienizar sus partes íntimas.
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De hecho, la palabra "bidet" es de origen francés y significa caballo pequeño, porque para usarlo hay que montarse sobre el sanitario. Aunque al artefacto también solían llamarlo "Le confident des dames" o "el confidente de las damas".
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En la Revolución Francesa rodaron muchas cabezas, pero el bidet sobrevivió. Y según cuenta Jorge Tartarini, el director del Museo del Agua y de la Historia Sanitaria de AySA, para fines de la Segunda Guerra Mundial fue considerado un elemento clave para la salud pública y había uno en cada hogar de Francia. "Los parisinos se burlaban de los turistas ingleses que veían un bidet por primera vez y lo usaban para orinar, lavarse los pies o las medias", relata. Igual, señala Tartarini, el historiador de la vida cotidiana Roger Henri Guerrand afirmaba que eran pocos quienes efectivamente lo utilizaban porque el catolicismo lo desaconsejaba. Porque, según San Francisco de Asís, había que estar sucios para tener "una idea del olor del infierno".
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Los primeros bidets eran móviles y consistían en un armazón de madera con respaldo y una tapa que ocultaba una palangana de loza decorada. En 1750 apareció uno con una jeringuilla que lanzaba una lluvia ascendente. El agua estaba en un depósito y, para que saliera, se usaba una bomba manual. Más adelante, el bidet se perfeccionó con la aparición de las redes de agua corriente y de desagües cloacales.

Una curiosidad es que estos artefactos se ubicaban en los dormitorios, para que estuvieran a mano después del sexo. Es más, en algunos hoteles antiguos de Francia sigue habiendo un bidet dentro de la habitación. Con el tiempo, comenzaron a instalarlos en los baños.

¿Cómo llegó el bidet a la Argentina? "Hacia 1880, cuando París era la meca cultural de los argentinos, los que iban a París lo conocieron y se enamoraron. Fueron ellos los que lo trajeron. Así fue que se convirtió en el cuarto artefacto imprescindible en cada baño. En Francia el bidet dejó de usarse, pero acá lo seguimos utilizando como el primer día", sostiene Tartarini, que asegura que los extranjeros que visitan el Museo del Agua siempre preguntan qué les pasa a los argentinos con el bidet, un artilugio ya desaparecido en sus países.
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En los primeros tiempos, sin embargo, costó imponer el bidet en tierras criollas. Tartarini rescata algunas anécdotas aportadas por el arquitecto Alejandro Christophersen (1866-1946), quien recordaba que un martillero remató uno describiéndolo como "un instrumento en forma de guitarra de uso desconocido". Y que los puritanos consideraban que su empleo era inmoral. "Yo no soy una prostituta francesa", le espetó una clienta cuando él le mencionó la posibilidad de instalar un bidet en su baño.

"Un estanciero una vez se quejó con Christophersen, diciéndole que el lavatorio con ducha le resultaba incómodo para lavarse la cara", cuenta Tartarini.
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Aún hoy, los argentinos tenemos una gran confusión a la hora de utilizar la piadosa lluvia que lanza el artefacto. Tartarini hace una revelación perturbadora al respecto: "En la Argentina usamos al revés el bidet. El modo correcto es mirando hacia la pared, con las canillas de frente". Descubrir que toda la vida estuvimos equivocados tal vez nos haga sentir un poco ridículos cuando tanteamos las canillas a nuestras espaldas para abrirlas o cerrarlas. O no. Después de todo, los argentinos desarrollamos nuestro propio método, aunque sea más difícil.
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Fuente: clarin