Mundo
Lunes 27 de Julio de 2015

Un aventurero visitó todos los países del mundo y cuenta la historia

Albert Podell tiene un departamento cómodo en Nueva York, ahorros para toda la vida y 196 sellos en el pasaporte. Hace siete décadas, tenía seis años, padres pobres y opciones limitadas. El pulso viajero ya estaba ahí, pero confinado a unos cuadraditos exóticos: Albert juntaba estampillas.

Quería saber cómo lucían todos los lugares, todas las personas y todos los animales de la Tierra. Cuando cumplió ocho y consiguió algunos ejemplares de la revista National Geographic, el pulso se hizo mandato. “Tengo que conocer el mundo”, se repetía.
 
Con el tiempo, escapó de la pobreza. Fue abogado, publicitario y periodista. Pasó por Playboy y otras revistas. Como editor de Argosy, una publicación de aventura, encargó notas fascinantes: un viaje en trineo por Groenlandia, otro en bicicleta desde Egipto hasta Sudáfrica.
 
Pero cuando llevaba cuatro años en el puesto, decidió escuchar al chico de las estampillas: “Me cansé de viajar a través de los demás. Era hora de hacerlo por mi cuenta”, recuerda a los 78 años.
 
Entonces se propuso fijar un récord, junto a cuatro compañeros: el del viaje motorizado más largo del mundo. Formó la empresa Trans World Record Expedition, que le ayudó a conseguir sponsors, y el 24 de marzo de 1965 salieron a la ruta a bordo de un jeep de doble tracción.
 
Después de 581 días y 67 mil kilómetros por 30 países, cumplieron el objetivo. Les había salido caro: uno de los expedicionarios murió a manos del Vietcong en Camboya y otros dos abandonaron por culpa de las enfermedades tropicales.
 
Albert, en cambio, recién empezaba. Siguió viajando por su cuenta, con amigos o con novias, hasta que decidió ir por el premio mayor. Treinta y cinco años después de la expedición inaugural, quiso dejar otra marca: rodear el planeta en sentido longitudinal durante dos décadas.
 
Esta vez se lo impidieron las guerras y las revoluciones en Africa y en América Central. Pero siguió conociendo lugares hasta cumplir los 60. “Ese día me replanteé la meta: visitar cada país de la Tierra”, explica. Sus vacaciones se convirtieron en saltos de un continente a otro, que priorizaban los lugares pacíficos y con buen clima. Albert se impuso algunas reglas: el país debía estar reconocido internacionalmente, el ingreso debía ser legítimo, el pasaporte debía estar sellado. Permanecía 24 horas en cada capital y, cuando era posible, atravesaba el país para entenderlo mejor.
 
Durante medio siglo viajó en aviones, autos, micros, trenes, bicicletas, carretas, cruceros y canoas. También en caballos, mulas, elefantes, bueyes y llamas. Desenrolló su bolsa de dormir en aeropuertos, puestos fronterizos, banquinas, selvas, glaciares y desiertos. Comió el cerebro de un mono en Hong Kong, ratones en Malawi, cebras en Kenia, ojos de pez en China y canguros en Australia. Los años más viajados fueron 2003 y 2009, con 20 naciones cada año.
 
Albert clasifica sus preferencias por paisajes (Nepal y Suiza), cultura (Inglaterra, España y Egipto) y mujeres (Bielorrusia, Alemania y República Checa). Aunque elige a Estados Unidos como su país favorito, reconoce que “muchas personas piensan que nos hemos vuelto demasiado poderosos, intrusivos y poco confiables”.
 
Su libro Around the World in 50 Years reserva un lugar especial para los personajes que más lo impactaron: un libio que le contó su vida bajo los preceptos del Islam (“nunca me preocupo, nunca tomo alcohol, no estoy invadido por miedos ni dudas”), un egipcio con los camellos más famosos del mundo y una hospitalidad conmovedora, un vudú de Benín que pasó tres días explicándole a sus gallos por qué los iba a sacrificar.
 
Desencanto argentino
 
En 1999, después de visitar Filipinas y antes de Sudáfrica, Albert pasó varias semanas entre Buenos Aires y el norte argentino.
 
Se llevó un sabor agridulce. Un poco enojado con el desplome de sus bonos argentinos, avisa antes de disparar: “Espero no ofender a tus lectores con mis comentarios. Pero desafortunadamente, confirmé mis dos prejuicios principales: los argentinos confían demasiado en que sus presidentes harán milagros y consienten a los pobres pero hacen poco para ayudarlos. Ni Eva Perón fue tan buena como su mito. Y los de origen europeo son los más altivos, snobs y conservadores de todos los latinoamericanos. Piensan que son especiales, que los demás están debajo en términos de riqueza, vestimenta, cultura, atractivo e inteligencia. Argentina podría ser un gran país si la clase alta fuera más humilde y compasiva, la media más pudiente y la baja más sabia políticamente”.
 
Más allá de estas críticas, Albert resalta tres cosas de la Argentina:
 
1) Las Cataratas del Iguazú, a las que define en su libro como el lugar más bello de la Tierra. “Me considero un escritor competente, pero no soy capaz de describir la maravilla de ese lugar. Desde arriba podés sentir su inmenso poder. Desde abajo, entre la neblina y las mariposas, es el lugar más pacífico de todos. Si sólo podés ver un gran lugar antes de morir, que sea Iguazú”.
 
2) Las mujeres. “Las más hermosas de toda Latinoamérica.”
 
3) La carne. “La mejor del mundo: realmente saben hacerla sabrosa.”
 
Riesgos de viajero
 
Con el paso de los años, Albert también coleccionó momentos extremos. Casi se ahoga en Costa Rica, mientras navegaba los rápidos del río Pacuare. Un golpe lo dejó atorado y con la cabeza en el agua. Cuando estaba a punto del desmayo, su amiga Anna lo agarró del chaleco y logró devolverlo a cubierta. Albert escupió litros de río, pero sólo le pidió respiración boca a boca días después, cuando se convirtió en su novia.
 
En Argelia, su expedición acampó sin saberlo en un terreno minado. No tenían escapatoria, hasta que a uno de sus compañeros (con pasado en los marines) se le ocurrió fabricar un detector con una flecha y un cable. Lo arrastraron por el campo hasta que una explosión hizo volar rocas y tierra. Con el camino despejado, pudieron volver a la ruta.
 
El episodio más aterrador fue en Pakistán. Mientras le sacaba fotos a un edificio en la ciudad de Dhaka, lo capturaron dos soldados: estaba haciendo foco en el Ministerio de Defensa, apenas horas después de que el país entrara en guerra con India. Lo arrastraron hasta una habitación colmada por una multitud, que empezó gritar: “¡Espía indio! ¡Espía indio!” Alguien sacó una soga, la ató a una viga, hizo un lazo y se lo puso al cuello. Cuando era el final, Albert logró explicar quién era y zafó de la horca.
 
Más allá de todo, Albert encuentra un hilo conductor entre los siete mil millones de habitantes del planeta azul: “Somos prácticamente iguales en términos del amor por la familia, el deseo de ser felices y la esperanza de vivir en paz y mejor”. Buena frase para una estampilla.
 
Fuente: clarin 

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