San Juan
Sábado 17 de Junio de 2017

Lozano: "Podemos comprar o alquilar luces de colores y equipos de audio, pero la alegría es otra cosa"

En su primera homilía como arzobispo de San Juan de Cuyo, monseñor apeló directamente a la frecuencia con la que buscamos alimento en "otras mesas" que nos ofrece el mundo, apelando a que pueden ser muy bonitas, pero artificiales.

El décimo primer obispo de San Juan y, a partir de este sábado, arzobispo de San Juan de Cuyo, fue directo en la predicación del Corpus Christi de la Sucesión Episcopal. Apeló a la frase de Benedicto XVI, "Se pueden organizar fiestas, pero no la alegría", para desarrollar una de las partes más emblemáticas de su homilía.

Predicación del Corpus Christi de monseñor Jorge Lozano

Querida Comunidad de la Arquidiócesis de San Juan de Cuyo, el amor de Cristo nos hace hermanos. El tiempo transcurrido desde el 4 de noviembre del año pasado se me pasó muy rápido. En estos meses pude empezar a ponerle rostros e historias a la Iglesia en San Juan, a la cual vengo a servir.

La Biblia varias veces se sirve de imágenes muy cercanas a nosotros para hacernos llegar al corazón la Buena Noticia: los amigos, papá-mamá-hijos, el alfarero, el sembrador, los pescadores, los albañiles...

En los textos que hoy hemos proclamado hay dos expresiones que son muy fuertes: el hambre y la sed. Tal vez de las experiencias más primitivas y en las cuales incluso nos asemejamos a los animales. Así reza uno de los salmos: "Como la cierva sedienta / busca las corrientes de agua, / así mi alma suspira / por ti, mi Dios. / Mi alma tiene sed de Dios, / del Dios viviente" (Sal 42, 2-3). Él es el que nos conduce a las verdes praderas para alimentarnos y descansar (cfr. Sal 22).

Jesús se nos presenta como verdadera comida y verdadera bebida, queriéndonos advertir de la existencia de falsas comidas y bebidas, que en realidad no sacian. Pueden tal vez dejarte lleno, pero no alimentado.

Jesús fue enviado por el Padre, para saciar el hambre y la sed de absoluto, de búsqueda de plenitud que agita nuestro corazón. Un alimento que proporciona Vida eterna.

El Cuerpo de Cristo es el alimento de los tiempos nuevos. El pan del Amor, de la entrega redentora.

Si miramos en torno, o incluso en nuestra propia vida, la de los cristianos, nos damos cuenta de que con frecuencia también buscamos alimento en "otras mesas". En el dinero, en el éxito, en la moda, en la vanidad, la ostentación. Pensemos en esto: podemos comprar o alquilar luces de colores y equipos de audio, pero la alegría es otra cosa. "Se pueden organizar fiestas, pero no la alegría" (Benedicto XVI, VD 123). Ella es fruto del Espíritu Santo (cfr. Ga 5, 22).

Se puede encargar un banquete costoso, pero sabemos que los amigos no se alquilan ni se compra el amor.

Las mesas que nos ofrece el mundo son bonitas, pero artificiales. Por eso vemos gente que tiene mucho respecto de lo material, y poco de honda alegría.

El Pan de vida y la Bebida de salvación, además de saciarnos, nos unen en comunión fraterna, nos hacen familia en torno a la misma mesa. Por eso "todos nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo Cuerpo, porque participamos de ese único pan". (I Cor. 10, 17)

En este Cuerpo que formamos "ciertamente, hay diversidad de dones, pero todos proceden del mismo Espíritu. Hay diversidad de ministerios, pero un solo Señor. Hay diversidad de actividades, pero es el mismo Dios el que realiza todo en todos. En cada uno, el Espíritu se manifiesta para el bien común" (I Cor 12, 4-7).

Hoy somos testigos de la sucesión de uno de esos ministerios: el del obispo, puesto al servicio de la comunión del Cuerpo y de la misión que Jesús nos encomienda. Doy gracias a Dios por estos meses en que he sido obispo coadjutor, que me permitieron empezar a conocerlos. Gracias a mi hermano Alfonso que me recibió con tanta cordialidad y afecto, y me ayudó a acercarme al camino que viene transitando la Iglesia en San Juan.

Gracias de corazón a todos: los sacerdotes, diáconos, seminaristas, religiosos y religiosas, consagradas, los catequistas, ministros extraordinarios de la comunión, docentes, monaguillos, miembros de los diversos movimientos y asociaciones. Sepan que cuento con ustedes. Me siento abrazado y bendecido por todos.

Hablar del obispo nos refiere inmediatamente a la diócesis, que "es la Iglesia encarnada en un espacio determinado, provista de todos los medios de salvación dados por Cristo, pero con un rostro local" (EG 30). Un rostro que juntos vamos a ir descubriendo y conformando para que el Evangelio se haga carne en cada comunidad.

No quiero dejar de invocar la protección de la Virgen sobre todos nosotros. "Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y el cariño." (EG 288)

Me iluminan y estimulan las palabras de Francisco: "El obispo siempre debe fomentar la comunión misionera en su Iglesia diocesana siguiendo el ideal de las primeras comunidades cristianas, donde los creyentes tenían un solo corazón y una sola alma (cf. Hch 4,32). Para eso, a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados y, sobre todo, porque el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos." (EG 31).

Les invito entonces a tener un solo corazón y una sola alma puestos en Jesús. Busquemos nuevos caminos para compartir la alegría de la fe con todos y ser portadores de Buenas Noticias a los pobres. San Juan el Bautista nos da ejemplo e intercede por nosotros.

En la Iglesia necesitamos de todos, no sobra nadie. Estoy para servirles, y eso me provoca una gran alegría. Cuenten conmigo.

+Jorge Eduardo Lozano

Arzobispo de San Juan de Cuyo

17 Junio 2017


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