País
Viernes 17 de Marzo de 2017

Lozano habló a 25 años del atentado a la Embajada: la inoperancia trabaja para la violencia

Jorge Eduardo Lozano. Arzobispo coadjutor de San Juan de Cuyo y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social de la Conferencia Episcopal Argentina.

Aquel 17 de marzo de hace 25 años parecía que iba a ser un martes común, como uno más que se acercaba al otoño en la Ciudad de Buenos Aires. Sin embargo nos tocó atravesar una experiencia que pertenece a la memoria colectiva de nuestro pueblo, porque su impacto ha incidido más allá de la cantidad de víctimas mortales y su entorno cercano. El atentado a la Embajada de Israel marcó lo profundo del alma, y de ello hemos caído en la cuenta con el transcurso del tiempo.

La memoria de la sociedad acerca de un acto injustificable y tremendo es imprescindible. Sucedió en un lugar particular de una representación diplomática, pero la violencia se perpetró contra la Argentina en su conjunto, con víctimas argentinas y extranjeras que trabajaban allí, transeúntes, ancianas alojadas en un hogar en la vereda de enfrente, un sacerdote de la parroquia vecina... La muerte no seleccionó de acuerdo con pertenencias religiosas, oficios, edades o nacionalidades.

El atentado contra la Embajada debió haber sido tomado como una advertencia que ̶ ̶ al menos dificultara ̶̶ el llevado a cabo en puertas de la AMIA unos años después. Sin embargo no fue así. Ambos acontecimientos nos hicieron tomar conciencia de modo dramático de uno de los fenómenos más terribles de la política mundial actual, como es el terrorismo internacional. Asistimos al fenómeno de la globalización del terror. En muchas ciudades del planeta crece la sensación del miedo a salir de casa y encontrarse con lo inesperado. Un recital, una obra de teatro, un partido de fútbol, una oficina, un centro educativo, el subterráneo... Para la violencia que irrumpe de modo insospechado nunca estamos suficientemente preparados.

La memoria reclama la Justicia. La incapacidad de la Argentina para completar una investigación seria, y encontrar y castigar a los culpables del atentado es algo que nos avergüenza. De este modo se ponen en evidencia desde otro ángulo las limitaciones de la Justicia en nuestro País. ¿Se puede aceptar que a 25 años no pase nada? ¿A quiénes beneficia la inoperancia? ¿Para quién trabaja la torpeza? La impunidad es una herida que nos duele profundamente a los argentinos.

Es difícil pensar que el atentado no esté vinculado a la situación en Medio Oriente. Un conflicto que se extiende desde hace décadas y al que la comunidad internacional no ha podido o no ha sabido encontrarle solución. No desconocemos, sin embargo, el fabuloso negocio que significa para fabricantes de armas y traficantes de lo imaginable y lo increíble que el conflicto continúe y ̶̶ de ser posible ̶̶ se profundice. Siempre aparecen los que comercian para la muerte y se enriquecen con dinero que escurre sangre. Es claro que la solución no puede darse a través de la violencia, sino del diálogo y del esfuerzo por lograr una comprensión mutua. Todos los protagonistas deben llegar a reconocerse como hermanos más allá de las diferencias nacionales o religiosas. Debemos afirmar con claridad la inmoralidad intrínseca del proceder terrorista a nivel internacional y local. La violencia nunca conseguirá la paz y la justicia, como tampoco el robo, el despojo y el desprecio por la vida. Este proceder tiene algo de locura irracional y barbarie.

En la Argentina vivimos una situación excepcional que muchos no llegan a valorar, pero que es un ejemplo para el mundo: la relación de respeto, amistad y hasta fraternidad entre distintas confesiones religiosas. La imagen del Papa Francisco abrazado a su amigo judío y a su amigo musulmán frente al muro del Templo de Jerusalén, se alza con un mensaje muy potente que demuestra que es posible superar las diferencias.

Francisco ha querido llevar esa experiencia al plano internacional. Su visita a Israel y a Palestina, y su reunión para orar por la paz en el Vaticano con los presidentes de ambos países, constituyen un esfuerzo en esa línea que debemos acompañar y profundizar.

Es bueno renovar el sueño del Profeta Isaías: "Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas. No levantará la espada una nación contra otra ni se adiestrarán más para la guerra" (Is 2,4). Jesús de Nazareth nos enseñó: "Felices los que trabajan por la paz"(Mt 5, 9).

Que las utopías de los buenos hagan retroceder a las fuerzas del mal.

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