Sábado 27 de Agosto de 2016

​Mamá Antula, una "santa" jesuita para el Bicentenario argentino

María Antonia de Paz y Figueroa fue beatificada tras un largo proceso. Su causa fue promovida por el Papa. Por qué la eligió Bergoglio para conmemorar nuestros 200 años de Independencia 

La ceremonia de beatificación –tras un largo proceso y la comprobación de un milagro atribuido a su intercesión- tuvo lugar en Santiago del Estero, la provincia natal de María Antonia de Paz y Figueroa. Una vez concluida, Buenos Aires tendrá su primera beata, ya que los restos de esta mujer descansan en la Capital, en la basílica de la Piedad, Bartolomé Mitre 1523 (esquina Paraná), hacia donde los fieles seguramente peregrinarán, como lo recomendaba ya en 2010, el entonces todavía Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio: "En este año del Bicentenario, me animo a proponerte que te acerques como peregrino a la Parroquia de Nuestra Señora de la Piedad. Y, ante la tumba de la Madre Antula, pedíle para vos, para mí y para cada uno de los catequistas de esta bendita ciudad, su grandeza y su fortaleza".
Su nombre era casi desconocido entre nosotros hasta hace muy poco, y sin embargo esta singular mujer tuvo un importantísimo rol en la difusión del Evangelio en las provincias rioplatenses en los últimos tiempos coloniales.
Recorrió a pie miles y miles de kilómetros, como incansable misionera, vestida a lo monja aunque no lo era, descalza, apoyada en una cruz a modo de bastón, en la mano el libro de los Ejercicios Espirituales, acompañada por otras dos o tres mujeres, enfrentando todas las incomodidades y peligros de los caminos coloniales, viviendo de la caridad, de pueblo en pueblo, por las provincias del norte argentino primero, luego en Córdoba, para finalmente llegar a Buenos Aires; y todo ello con el fin de mantener viva la llama de la espiritualidad ignaciana luego de la expulsión de los jesuitas del Virreinato, en 1767.
Como lo expuso esta semana el rector de la UCA, monseñor Víctor Manuel Fernández, en una conferencia, aunque olvidada entre nosotros, María Antonia era muy conocida en Europa en su tiempo, gracias a la correspondencia que mantuvo con muchos jesuitas exiliados del Río de la Plata, cartas que fueron traducidas a varios idiomas y que hoy están siendo compiladas por su alto valor espiritual, histórico e incluso literario.
En los tiempos virreinales, era inusual que una mujer supiera, como ella, leer y escribir.
 
María Antonia, llamada Mamá Antula, nació en Santiago del Estero en 1730. Muy joven, entró al servicio de los jesuitas como laica consagrada. Tenía 37 años cuando se produjo lo que para ella y muchos otros fieles habrá sido un cataclismo: la Compañía de Jesús fue expulsada del Virreinato, y de todos los dominios de la corona española. "Me sentí atormentada y desconsolada –escribió en una de sus cartas-. La angustia era por el bien que el Pueblo de Dios perdía", con esta ausencia.
"Siento un deseo ardiente de reparar esta pérdida", dijo y a eso se consagró a partir de ese momento, a pesar de sentirse "mujer débil". "Me dediqué a dejar mi retiro y salí", escribió, usando esa palabra tan cara al papa Francisco, "Iglesia en salida", es decir, misionera, destacó Fernández en la conferencia.
María Antonia se vistió entonces a lo jesuita y se puso en marcha con un burro y un carro. Hay que tratar de imaginarse lo que era por entonces el territorio argentino y la extrañeza con la cual los lugareños habrán visto llegar a Mamá Antula, con su peculiar silueta de peregrina y su pequeño séquito femenino. En cada pueblo al que llegaba, pedía primero permiso a las autoridades para organizar los ejercicios, luego recorría los campos solicitando comida –pollos, cerdos, papas, que cargaba en su carro-, y escribía carteles que fijaba en bares y almacenes invitando a realizar los Ejercicios Espirituales.
 
Agrupaba de cien a cuatrocientas personas por vez, que permanecían reunidas en silencio, oración y servicio mutuo durante los diez días que duraba el retiro.
"Fue una Santa Catalina de Siena", dijo monseñor Fernández, destacando sus "andanzas sin temor" y su "sabiduría mística, resumida en pocas palabras".
"La notable falta de pasto espiritual en este reino debería hacernos llorar a todos", decía María Antonia para explicar su infatigable peregrinaje por el territorio de la futura Argentina. "Caminar mientras Dios me dé vida, caminar si fuera posible por el mundo entero".
En 1777, en carta al virrey Cevallos, María Antonia explicaba de este modo su misión: "Su Excelencia debe saber que desde el año en que los padres jesuitas fueron expulsados, viendo la carencia de ministros de Evangelio y doctrina (…), me consagré a dejar mi retiro y salir –aunque soy una mujer de poca importancia, pero con confianza en la divina Providencia- a las jurisdicciones y circunscripciones (…) para recoger limosnas con vistas a mantener los santos ejercicios espirituales del gran San Ignacio de Loyola, a fin de que no perezca su obra tan útil a las almas y de tantas glorias para el cielo".
"El resultado –dijo el rector de la UCA- fue una importante inculturación de la fe. En Córdoba,  sobre un total de 11.000 habitantes en la ciudad, más de 3000 personas participaron de los Ejercicios Espirituales. Ella tuvo un poder de penetración popular muy grande".
 
Después de Santiago del Estero, Tucumán, Jujuy y Córdoba, María Antonia llega finalmente a Buenos Aires en 1780.
En la capital del Virreinato, su extraño aspecto hizo que la tildaran de "loca" y "bruja". Allí se puso a prueba su templanza. También su paciencia ya que, inicialmente, las autoridades, incluso las religiosas, se mostraron reticentes a permitirle organizar los Ejercicios. Pero ella no se desanimó, ni dejó de insistir hasta que lo logró. Al Virrey, que luego del sí del obispo le seguía dando largas al asunto, ella lo retó "por el gran bien de que privaba al pueblo".
Más tarde, obtuvo un terreno donde inició la construcción de una Casa de Ejercicios, de la que llegó a ver una buena parte terminada. Murió allí, en 1799. El resto de la Casa se completó luego de su fallecimiento. Ese edificio, que ocupa casi toda una manzana en la avenida Independencia al 1100, es, si no el más antiguo, al menos sí el más colonial de la ciudad de Buenos Aires, ya que se conserva tal como se lo construyó a fines del siglo XVIII; no fue renovado ni modificado. Y sigue funcionando como sitio de retiro, además de convento.
 
La mayoría de los próceres de Mayo y de la Independencia, y otras personalidades de la época, pasaron por la Casa de Ejercicios construida por María Antonia de Paz y Figueroa.  Liniers, Saavedra, Belgrano, Castelli, Moreno, Rivadavia; más tarde Rosas y su hija Manuelita, Alberdi, Mitre, etcétera.
En la Casa no había barreras de clase: hacían juntos los retiros ignacianos virreyes, autoridades, obispos, curas, gente de campo, simples vecinos y hasta la servidumbre, incluso los esclavos. En palabras de monseñor Fernández, "la fuerte inequidad social de la sociedad colonial quedaba sanada en los Ejercicios Espirituales".
 
"Eso se lo debo a nuestro Señor Jesucristo porque Él no hizo excepción de persona", explicaba María Antonia, que en su testamento escribió: "Quiero que mis sucesoras se ocupen de que los más pobrecitos del campo hagan los ejercicios".
 
"La llamaron 'mamá' por su cercanía y capacidad de acompañamiento, y Antula, como diminutivo de su nombre -explicó Fernández-. ¿Cómo era ella en el trato cotidiano? Lo más agradable de su persona no aparecía de entrada. Era pobrísima, sin locución, aparentemente ignorante. Quizá sólo los apóstoles habían sido tan rudos como ella".
Sin embargo, era evidentemente carismática. El resultado fueron miles de conversiones y una alta proporción de la población atraída hacia los ejercicios; se calcula que en total unas 100.000 personas los practicaron. "No era una religiosa silenciosa, encerrada. Salía por las calles con su carro, visitaba presos, pedía. Una mujer olvidada de sí misma que sintió un llamado de Dios a entregarlo todo", agregó Fernández.
 
"No puedo dar razón de cómo sucedió todo esto –reflexionaba la propia María Antonia en diálogo epistolar-. Es Dios que lo hizo (…) conociendo que soy una de las más débiles y flacas de sus ovejas. (…) Sólo Dios sabrá cómo esta inspiración me entró tan fuertemente".
Sobre sus compañeras, escribía: "Todas tienen gran virtud y gran solidez. Yo no merezco ni servirlas a ellas".
María Antonia fue quien introdujo el culto a San Cayetano en nuestro país. Le tenía un gran amor a ese santo. Pidió la elevación de una capilla en agradecimiento, que se construyó en Liniers, donde hoy está su santuario.
Gracias a la incansable labor de Mamá Antula la espiritualidad jesuita no fue expulsada junto con la obra, y durante los años de ausencia de la Compañía –que fue rehabilitada en 1814- su correspondencia constante a los padres ignacianos exiliados resultó vital para conservar viva la memoria de esa orden dispersa en el mundo.
 
Para monseñor Víctor Manuel Fernández, María Antonia de Paz y Figueroa fue además "una de las grandes figuras que actuó en la gestación de nuestra Patria".
La causa de beatificación de Mamá Antula fue la primera que la Argentina presentó ante la Santa Sede. Sin embargo, quedó estancada por casi dos siglos. Ahora, un Papa argentino y jesuita reconoció el milagro debido a su intercesión, haciendo coincidir, como lo anticipó Infobae hace tres años, su beatificación con los doscientos años de nuestra vida independiente.
Desde hoy, la Iglesia tiene un nuevo ícono y el Bicentenario de la Independencia también.

Infobae

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