Inclusión
Domingo 06 de Noviembre de 2016

Gallito ciego, qué se nos ha perdido: Sesenta minutos a oscuras para darle sentido a los sentidos

No es fácil despojarse del sentido de la vista para focalizar la atención en otros. Para quebrar prejuicios, llamar a la reflexión y mostrar la vivencia de un no vidente o disminuido visual llegó a San Juan, el Gallito Ciego. Enterate de qué se trata y animate a la experiencia.

Dice José Saramago: "Pienso que todos estamos ciegos, somos ciegos que pueden ver pero que no miran".

El tráiler del Gallito Ciego no se mueve, moviliza. Los centenares de personas que vivieron la experiencia sobre un micro que trajo la ONG Audela quedaron satisfechos y asombrados de la vivencia que quizás, para algunos, era mejor de lo que se esperaba. Se le llama "experiencia de alto impacto" donde los guías son ciegos y los videntes no ven pero sienten. En el micro equipado como si fuera un restaurante móvil, unas 9 personas (entre ciegos y disminuidos visuales) y 6 integrantes de Audela, trabajan para concientizar de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad a los habitantes de la Argentina desde hace 8 años.

"Queremos mostrar la obviedad de lo inaccesible que está la Argentina, del prejuicio que tiene la gente que está lejos de la temática. Cómo se prejuzga, como se violenta con el lenguaje y el desconocimiento y la falta de inclusión", manifestó Mónica Espín, miembro del Gallito.

Esta experiencia de comer a oscuras para darle sentido a los sentidos, se basa en un conjunto de movimientos torpes, gritos, codazos, pedidos de disculpa, incertidumbre, angustia, risas, charlas etc, con el fin de comer algo desconocido a la vista (pero quizás no al gusto) en medio de pinchazos de tenedor, falsos.

Desde el 22 de octubre de 2008, Audela recorre el país con su movilidad para crear conciencia de manera diferente sobre la inclusión. En el siguiente relato, te contamos de qué se trata.

En la oscuridad pero con luz interior

"Los ciegos pueden al tacto comprobar lo amado, mi corazón es todo tanto para tu presencia". Maria Elvira Lacaci.

Una vez que subieron las escaleras, entraron en silencio acompañados por una persona que estaba oculta detrás de una cortina negra que cubría el ingreso al colectivo. Ingresaron a la oscuridad misma, ya nada se veía. Tampoco se había activado la imaginación porque ese tráiler había sido modificado para la experiencia. Nadie sabía fehacientemente qué había adentro. "Agarren el hombro de la persona que tiene adelante, así se van a guiar", se escuchó una voz grave mientras el olfato notaba que la comida ya estaba lista. La oscuridad era superior a la de un tren fantasma y hubo quienes manifestaron tener ganas de llorar en ese momento. La mano izquierda trataba de palpar lo que había en el lugar mientras la derecha, sostenía el hombro del compañero de adelante. "Podría decir que me recordó al Jardín de Infantes cuando caminábamos todos pegaditos y despacito para no perdernos; sólo que estaba vez lo hicimos en una oscuridad angustiante", testimonió María, una periodista digital.

De repente, otra vez la voz grave dirigiendo la batuta, era como la voz de Dios que los guiaba. Todos confiaban y obedecían. "Ahora inclínense un poco y sentirán un asiento. Busquen la mesa, siéntense y deslícense poco a poco hacia la izquierda", especificó la voz. Parecía demasiado difícil poder hacerlo porque nadie se imaginaba como era ese lugar. Había decenas de voces que murmuraban pero todas de autores desconocidos. Cuando advirtieron la silla, descubrieron que era una recta interminable acolchonada y hasta cómoda donde se podían sentar sin miedo. "Toquen la mesa- siguió la voz- van a sentir un cubierto, una servilleta y un vaso; busquen un juego de cubiertos y acomódense".

Sin ver nada, ese colectivo parecía interminable. Una vez ubicados cada uno en su lugar, se dieron cuenta que se trataba de una gran mesa recta que atravesaba el pasillo central del bus. Los asientos también eran rectos, paralelos a la mesa. Sentían las voces de sus pares sentados en frente suyo. Los diálogos comenzaron a fluir, todos los participantes inquietos y temerosos. "Nos exigieron que no prendamos el celular, no debía haber luces porque eso podría terminar con la experiencia. Así lo hicimos y la oscuridad reinó durante 60 minutos.

"¡Acá hay vino!", dijo una voz femenina. Las cabezas se ladeaban buscando la dirección de esa voz. "¡Acá hay una jarra, creo que es jugo!", indicó otra. Como comprendían que tenían los vasos adelante, sabían que debían servirse pero cómo hacerlo sin fallar. De apoco, utilizando el sentido del tacto en su máxima expresión comenzaron a servir los vasos uno a uno. Había quienes ayudaban al resto. Para hacerlo, primero tocaban la mano de la persona para descubrir dónde estaba ubicada, luego buscaban el vaso. Por momentos, era un juego; en otros, la angustia llenaba el pecho de los presentes. Había desaparecido la autosuficiencia y dependían de la ayuda del otro. Luego de agarrar por varios minutos el vaso y de sentirlo un poco más pesado, el primer sabor llegó a la boca: era jugo de ananá; fresco y suave, ideal para los 40º C que hacían ese sábado en San Juan a las 14.

"No se hagan para atrás porque van a pasar los mozos sirviendo", explicó la voz masculina grave. Alguien le preguntó cómo se llamaba: "Mi nombre es Jorge", respondió mientras un tercero se sumó al discurso: "Yo soy Daniel". Un aplauso descomprimió el momento, fue en ese momento en el que comprendieron que eran las dos personas ciegas que dirigían al resto, a los videntes que no venían. La comida llegó en una cazuela caliente y aunque hacía calor, no importaba porque el aire acondicionado del lugar lograba que el momento fuera agradable. Después de unos minutos, ya no importaba ver. Los olores, la frescura del aire, los aromas nuevos que se probaron, el contacto con la persona de al lado, el diálogo entre pares, lograron el objetivo: hacer de este mundo visual, otra cosa. El sentido de la vista se durmió por 60 minutos pero se activó la conciencia y la necesidad de pensar en aquellos que no pueden ver y luchan día a día en una estructura insana y poco propicia para el desarrollo de sus vidas. Cuando se prendió la luz ya no importaba lo que se veía; los platos estaban vacios y los rostros eran todos amigables. Es que los videntes que se animaron a la experiencia pudieron comprender aquella famosa frase del libro El Principito de Saint- Exupéry: "Lo esencial es invisible a los ojos".

Testimonios:

Gina, miembro de la asociación bariátrica: Cuando dieron la noticia algo en mi interior gritó que yo quiero vivir la experiencia del gallito ciego. Creí que el tenedor era más grande de lo común, intenté comer sobre la cazuela sobre la mesa y tiré comida. Soy una persona con problemas de salud que viene bregando por ayudar a las personas con discapacidad. Me voy de acá con una experiencia enriquecedora.

Ángeles, la hija de Gina: Al principio se siente sofocante saber que estas caminando por un lugar que no conoces. Sin saber dónde y con quiénes te vas a sentar. Dónde está la mesa, los cubiertos. Fue claustrofobia. Agarraba las cosas para no perderlas y se me perdieron dos veces. Vine sin saber con qué me iba a encontrar y conocimos a dos personas increíbles que son Jorge y Daniel que nos iban ayudando. Fue una experiencia increíble.

Jorge, disminuido visual: Fue traumático para mí ser así. Era una lucha psicológica constante porque al tener un resto de visión mínima (advierte formas y sombras) era decir veo mal pero veo. Yo no quería usar un bastón blanco porque no tengo ceguera total. Pasaron 32 años de mi vida, un día algo me hizo un clic cuando perdí el resto de visión que tenia y pude asumir lo que soy. Hoy soy feliz.

Daniel, perdió la visión progresivamente: En mi infancia yo vi, disfruté todo lo que podía disfrutar a un chico. Doy gracias a Dios porque me siento privilegiado. Lo más duro fue aprender a utilizar los métodos de ceguera, viendo. A la transición no la sentí porque ya estaba sumergido en este mundo. Mi mamá me ayudó a ser lo que soy hoy. Mucha gente me pregunta si me gustaría volver a ver, la verdad es que no lo sé. Me acostumbré a la vida que llevo, a las cosas que hago y a no dejar nada de lado.

Gonzalo, ciego de nacimiento: La inserción laboral está difícil pero el Gallito Ciego nos abre esta posibilidad. Creo que a las personas que adquieren la ceguera desde grandes, les cuesta mucho más rehabilitarse. Como futuro docente de educación especial creo que es un proceso dinámico. Pero todo depende de la voluntad.

Mónica, miembro de la ONG: Las respuestas que recolecta el Gallito Ciego en el país son muy personales e individuales. Los más chiquitos hacen las preguntas sin pudor: ¿Cómo hacen para bañarse los ciegos? Obviamente las personas que han transitado este camino tienen el humor "negro" a flor de piel y responden: "Desnudos, como ustedes".

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