Miércoles 20 de Julio de 2016

Excesos mentales: ¿hace mal pensar demasiado?

Nos estamos muriendo por pensar demasiado. Nos estamos matando lentamente por pensar acerca de todo. Piensa. Piensa. Piensa. Aun así nunca podrás confiar en la mente humana: es una trampa mortal. (Anthony Hopkins)

¿Pensamos o experimentamos?
 
Pasamos mucho más tiempo pensando que viviendo. No podemos evitarlo: estamos tan acostumbrados a la mayor parte de nuestras actividades cotidianas que podemos ejecutarlas de manera automática, sin apenas prestarles atención.
 
Preparar el café, ducharnos, conducir, fregar los platos –ninguno de estos hábitos supone el menor esfuerzo para nuestro cerebro, por lo que podemos abstraernos en nuestros pensamientos e ideas mientras los realizamos.
 
¿Y en qué pensamos?
 
A menudo imaginamos el futuro: organizamos las cosas que tenemos que hacer durante el día o proyectamos nuestros planes a corto, medio y largo plazo (“cuando acabe de ducharme tengo que preparar el desayuno, vestirme y salir corriendo para no perder el autobús”).
 
También revivimos el pasado: pensamos en lo que hemos hecho durante el fin de semana, recordamos aquella discusión que tuvimos con nuestra pareja o nos torturamos por los errores que cometimos hace tiempo. En otras ocasiones nos limitamos a crear fantasías mentales que pueden ir tan lejos como nuestra propia imaginación.
 
Cualquiera que sea el caso, nuestro pensamiento nos tiene atrapados. Quizá estemos comiendo, trabajando o limpiando, pero sobre todo estamos pensando.
 
¿Y no es bueno pensar?
 
Pensar es sano en su justa medida. El pensamiento nos ayuda a entender la realidad, puesto que sólo mediante las ideas explicamos y justificamos las cosas. Por eso las personas introvertidas –que pasan mucho tiempo pensando– a menudo tienen un mundo interior rico y una conversación inteligente. Pero el pensamiento también tiene sus defectos: es engañoso, cerrado y cíclico.
 
Es engañoso porque cuando no sabemos algo, nuestro pensamiento lo inventa. Aunque no hayamos hablado más de veinte minutos con una persona, nuestro pensamiento ya habrá construido cientos de teorías sobre ella: cómo es, a qué se dedica, cómo piensa, qué cosas le gustan y cuáles le desagradan… Tomamos pequeños referentes de la realidad para formarnos una idea completa sobre nuestro interlocutor, pero lo cierto es que todavía no sabemos nada sobre esa persona: sólo lo imaginamos.
   
Es cerrado porque funciona dentro de los límites de nuestra experiencia. El cerebro explora la realidad que conocemos para poder entenderla, pero si no vivimos cosas nuevas, nuestro pensamiento no las crea. Sólo cuando experimentamos aprendemos: cuando viajamos y conocemos realidades distintas; cuando quedamos con un amigo y compartimos experiencias; cuando leemos un libro y descubrimos otras ideas. El resto del tiempo nuestro pensamiento se limita a procesar lo que ya hemos experimentado y extraer conclusiones acerca de ello.
   
Es cíclico porque siempre da vueltas sobre lo mismo: nuestras necesidades. Cuando tenemos hambre pensamos en los platos que nos gustaría comer; cuando tenemos ganas de hablar y compartir pensamos en nuestros amigos; cuando nuestra necesidad es recibir afecto e intimidad, pensamos en nuestra pareja o en nuestros amantes; cuando lo que necesitamos es estar solos, nos abstraemos en nuestras fantasías mentales. Nuestras necesidades van dando vueltas todo el tiempo –nuestro pensamiento se limita a seguir su rastro.
 
Las nefastas consecuencias de pensar demasiado
 
¿Te cuesta soportar las conversaciones irrelevantes? ¿Eres constantemente indeciso? ¿Tienes problemas para conciliar el sueño? ¿Te fijas mucho en los detalles?
 
¡Cuidado! Son síntomas de que estás pasando demasiado tiempo en la maraña de ideas de tu cabeza. No es malo que seas una persona reflexiva, pero ten en cuenta que la realidad está fuera de nuestro pensamiento, y mientras pensamos y construimos ideas no la vemos. Sólo la imaginamos: nos contamos un cuento sobre ella para poder entenderla y sentir que la controlamos.
 
Definimos a nuestros amigos y conocidos, las tendencias, las culturas, los movimientos políticos… Lo catalogamos todo con explicaciones ordenadas y sencillas, construyendo una realidad diseñada a nuestra medida.
 
Pongamos un ejemplo: llegas a una fiesta en la que hay varios conocidos tuyos y notas que uno de ellos no te saluda. Lo más probable es que ni siquiera te haya visto, pero automáticamente piensas: “no me quiere saludar porque le caigo mal; seguramente crea que soy un pesado y preferiría que no estuviera en esta fiesta, molestando”. Con esta idea en mente no harás ningún esfuerzo por volver a acercarte a esa persona. Es más: seguramente te muestres distante y receloso, por lo que si en algún momento llega a verte, quizá piense que eres tú quién no quiere saber nada de ella.
 
Pensar demasiado es el arte de crear problemas donde no los hay
 
Si tenemos la autoestima baja pensaremos que somos débiles e ineficientes, por lo que nos sentiremos incapaces de hacer nada mucho antes de intentarlo; si alguien nos cae mal pensaremos que es desagradable y hostil, por lo que no nos acercaremos a esa persona y no le daremos la oportunidad de refutarlo.
 
Por un lado, el pensamiento es nuestro más poderoso aliado: el único atributo que nos distingue como seres humanos. Pero también es un arma de doble filo, ya que nos puede atrapar en un mundo de ideas y prejuicios que nada tiene que ver con la realidad en la que vivimos.
 
¿Cómo lo detengo?
 
Si te reconoces como una persona que piensa demasiado, es probable que también seas muy indecisa, que dependas de la opinión de los demás o que te cueste tratar con muchas de las personas que conoces. A continuación te dejo algunos consejos que quizá te ayuden a lidiar con el peso de una cabeza tan atormentada.
 
Ponte límites: cuando tengas que tomar una decisión ponte un límite de tiempo: un minuto si no es importante, una hora o un día si es más relevante. De lo contrario sólo continuarás recreándote sobre detalles que desconoces y que no te llevan a ninguna parte. Ante cualquier tesitura, es muy útil que te preguntes: ¿qué importancia tendrá esto dentro de un año? Si la respuesta es “ninguna”, ¡deja de darle vueltas y actúa!
   
Vive en el presente: como hemos señalado al comienzo, rara vez estamos en contacto con lo que hacemos: pasamos más tiempo pensando que experimentando, imaginando que viviendo. Cuando detectes que estás perdido en los anales de tu cerebro, ¡vuelve al presente! Céntrate en lo que estás haciendo y procura disfrutar de ello, ya sea fregar el suelo, ver una película o estar con tus amigos.
   
Ten en cuenta tus emociones: los sentimientos son la mejor guía que podemos seguir en cualquier momento. Cuando no sabemos lo que queremos es porque nuestro cerebro está perdido sopesando posibilidades. Los sentimientos son mucho más intuitivos: nos aproximan a nuestras apetencias y nos alejan de las hostilidades, sin dejarse tamizar por los “debería…” ni los “tendría que…”.
   
No intentes controlar: déjate llevar. Las cosas son impredecibles, y tratar de dirigirlas no te lleva a ninguna parte. Darle vueltas a algo durante horas es una forma obsesiva de intentar controlar las cosas para evitar cometer errores… Pero lo cierto es que vas a cometerlos igualmente –no importa cuántas vueltas le hayas dado antes.
 
Fuente: buenavibra

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