San Juan
Miércoles 23 de Noviembre de 2016

En un nuevo aniversario del terremoto del '77, un sanjuanino relató lo que su memoria le trajo hoy

José Castro, reconocido periodista local, usó Facebook para contar su experiencia en la catástrofe que azotó a San Juan hace 39 años. Un texto imperdible.

EL 23 DE NOVIEMBRE
QUE MARCO MI VIDA.

El recuerdo más recurrente es ese del viejo horno de barro a la salida de la puerta del fondo de la casa, ubicada en calle Mitre, en el famoso "Reino Salvaje" de la querida Villa Santa Rosa. Era muy temprano por la mañana. Mi viejo hacia sus brazos más gigantes y nos abrazaba a todos con una "colcha" que la noche anterior había quedado junto al horno después del amasijo. Los seis sentados en el borde de ese horno y las palabras del viejo eran contundentes: "Si nos traga la tierra que nos trague a todos..."
Después supe que fue el 23 de noviembre de 1977 poco después de las 6:25 horas. Delante nuestro la tierra, donde la noche anterior jugaba con autitos de madera mientras la Susana sacaba el pan del horno, se abría y se cerraba violentamente. Al frente nuestro, casi al noroeste, una inmensa nube de tierra oscura iba colmando el cielo mientras la tierra seguía en ese movimiento casi dantesco. Luego supe que esa inmensa nube era nada más que el viejo caserón de la familia Fornes, en la esquina de la plaza (Ramón Barrera y 9 de Julio), que se convirtió en una montaña de adobes, palos y cañas derrumbados.
Todo el recuerdo es como una vieja película de Chaplin hecha de fotos. El terremoto de 1977 que marcaría el destino de la familia construida por "El Negro" Castro y "Doña" Susana Esquibel. Es que después de ese episodio el sueño de construir su casa en ese lugar y hacerlo con tanto esfuerzo fue cambiando. Después el IPV se quedaría con ese lote para hacer "casas antisísmicas" y la familia abandonaría esa barriada donde estaban los "Quirquinchos" Aballay, los "Burro" Becerra, los "Chivatos" Esquibel y los "Choco" Castro, entre otros: el Reino Salvaje.
Esa fecha quedaría tan grabada en este, por entonces pibe de 4 años, ya que gracias al episodio conoció los camiones del Ejército Argentino, los Hombre de verde. Esos que todas las noches pasaban por la calle, justo al lado del improvisado quincho que entre varios vecinos hicieron en la banquina de la Mitre para que "los niños y las mujeres" pasáramos el día y durmiéramos por la noche. Para nosotros, el ejército era una bendición.
Esos momentos eran casi un juego para mí y mis amigos: dormíamos juntos, jugábamos en la calle sin que nadie pudiera gritarnos "vengan para adentro" y compartíamos el "yerbiado" de la media tarde. Los guisos en las ollas grandes o los tallarines y hasta ese sabroso arroz con pollo, marcarían los gustos alimenticios para mi futuro.
No entendíamos porque nuestros viejos tenían caras de preocupación y andaban todos los días de reunión con los hombres de verde en la municipalidad. A los pocos días una terrible explosión nos puso a todos asustados. No sabíamos si era una guerra que empezaba (por los hombres de verde y los camiones que habíamos visto) o era que otro terremoto se acercaba por la villa. Después supimos que realmente eran bombas y que la guerra había sido declarada contra la hermosísima "Iglesia de Santa Rosa de Lima".
Luego, entre los archivos y recuerdos del viejo y querido "Humberto Otiñano" comprendería que fue la destrucción del tempo y que las bombas debieron hacer mucho ruido e insistir para voltear el "inmenso" campanario. También supe que allí dos soldados del RIM 22 entregaron su vida por la errada orden de algún jefe que los hizo entrar con martillos y barretas para voltear el campanil desde adentro.
La historia luego contaría que un improvisado (como siempre) funcionario municipal, renunció a la ayuda ofrecida por La Nación ya que según su análisis "en 25 de Mayo el terremoto no había producido tanto daño". Por eso días después el por entonces presidente argentino Jorge Rafaél Videla llego a Caucete con la ayuda y a 12 kilómetros de ese evento, los veinticinqueños sólo recibiríamos migajas.
Como si fuera una película de Roberto Benigni (que coincidentemente fue realizada en 1977), para el mes de febrero de 1978, los vecinos del "Reino Salvaje" organizaron la famosa "caravana chayera" que recorrió todas las calles de la villa, con la intención de que por algunos minutos los vecinos olvidaran el siniestro. El "Chicho" Silva puso su auto con los altoparlantes y a pura música fueron recorriendo la villa que justamente tenía todas las acequias llenas de agua. Los Aballay, los Castro, los Becerra disfrazados y con baldes en la mano fueron mojando a todos. Fueron un par de horas en que los vecinos olvidaron la tragedia porque al final de cuentas, como en la película siempre es mejor pensar que "LA VIDA ES BELLA".

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