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Lunes 26 de Septiembre de 2016

El adolescente es arriesgado y hay causas que lo explican

Las confusiones son moneda corriente en un proceso complejo que incluye cuerpo y psiquis. Cómo acompañarlos. El predominio de los impulsos. Los valores insustituibles en una sociedad que los respalda poco.

¿Por qué al adolescente se lo identifica con situaciones arriesgadas, violentas, inesperadas que asombran y conmocionan tanto a los adultos? La adolescencia es un momento de crisis y angustias que tiene que ver con cambios trascendentales del cuerpo, del espíritu y los sentimientos. Toda la vida infantil está puesta en jaque. Es un recomenzar, pero con todo el bagaje que se traía. Esto le supone al adolescente la realización de un verdadero trabajo psíquico que está pulsado por un movimiento interno potenciado por los cambios corporales, que lo llevan a realizar otras construcciones representacionales, la elaboración de lo perdido y lo nuevo.

Todo es metamorfosis porque junto con el cuerpo también cambia el psiquismo y el universo emocional.

Es un proceso confuso, ambivalente, doloroso, con muchas contradicciones, en el que el adolescente fluctúa entre crecimiento y regresión, entre el impulso al desprendimiento y la tendencia a permanecer ligado, entre las ganas de alejarse de lo familiar y salir al mundo y el temor a perder lo conocido, lo que hasta este momento le daba seguridad.

En la adolescencia es necesario e inevitable el alejamiento de los lazos parentales, el tránsito de lo familiar y conocido a lo extrafamiliar con la aparición de otros lugares diferentes que le posibiliten la creación de su propio espacio.

Así, el chico o chica comienza a poner su mirada en el afuera, ansioso e impaciente por indagar el mundo que antes veía a través de sus padres.

En muchos adolescentes la búsqueda intensa y frecuente de situaciones riesgosas tiene que ver con la manera de conocer sus propios límites y los de su entorno. Sintiéndose ajeno, extraño y en un cuerpo que es un torbellino pulsional se mueve impetuosamente, peligrosamente, experimentando nuevas sensaciones, chocando muchas veces ante una realidad que le es adversa.

A veces su manera de ingresar al mundo adulto es provocando y desafiando, sin entender muy bien qué le está pasando y cuáles pueden ser las consecuencias de su accionar.

Hay riesgos que sin dudas están relacionados con el ser adolescente. Son momentáneos y tienen que ver con algo que se desacomoda, se desestructura, no encaja con todo este movimiento pulsional y emocional.

Sienten que no saben quiénes son, ni qué lugar ocupan en la sociedad: ya no es un niño, ni un adulto, y ahí, la violencia es un modo que encuentra de imponerse, de situarse en algún lugar aunque todavía no haya encontrado "su lugar".

¿Riesgos que son inevitables en este momento de salida al mundo? En cierta forma sí ya que hacen posibles las transformaciones, facilitando asumir esta crisis, como por ejemplo, los enamoramientos intensos, que se muestran como adictivos. También son frecuentes las fantasías sobre su propia muerte.

En esta etapa hay un predominio de los actos impulsivos que promueve al adolescente. Va a la acción y pocas veces media la palabra. Actúa sin tener registro de lo que le sucede.

Generalmente, en el adolescente se manifiesta una inclinación a sentirse omnipotente e inmortal. Los riesgos son tomados como un modo de conocer el mundo, para medir hasta dónde puede llegar, hasta dónde puede ir, cuáles son sus límites. Es una manera de medir, también, lo presentes o no que están sus padres.

Son numerosas las conductas peligrosas que se manifiestan en este momento. Algunas aparecen como un juego con la muerte: relaciones sexuales no protegidas, enfrentamientos violentos, consumo de drogas y alcohol, deportes peligrosos, desviaciones mortíferas de las conductas alimentarias, conducción irresponsable de vehículos, comportamientos suicidas o lastimarse el propio cuerpo. Estas acciones impulsivas se traducen en una agresión sobre el propio cuerpo o sobre el del otro.

Cuando el adolescente no puede expresar su sufrimiento y su dolor, cuando faltan las palabras, apareciendo en su reemplazo un vacío, surge el acto agresivo que desde afuera se ve como desprovisto de sentido, aunque siempre quiere decir algo, generalmente hasta desconocido por el sujeto.

Al lastimar su cuerpo puede atenuar su dolor psíquico que lo apremia fuertemente y no se sabe cómo aliviar.

El adolescente puede llevar a la acción, realizar actuaciones violentas. Aquello que de niño sólo fantaseaba y jugaba, ahora puede producirlo en la realidad.

En la infancia son los padres los que se hacen cargo del cuidado del hijo, pero si esto no sucede en ese período, cuando el niño se convierte en adolescente no puede asumir su propio cuidado. Así la falta de protección paterna se refleja en conductas arriesgadas y aparentemente despreocupadas por parte del joven. No es raro escuchar: "Para qué, si no voy a pasar los 40", o "si me toca, me toca".

Es bueno tener presente que la presencia parental no finaliza con la llegada de la adolescencia del hijo. Es fundamental que se lo siga sosteniendo, pero desde su nueva función de padres pudiendo inventar un nuevo espacio de diálogo y confrontación posible.

Es muy importante que los padres acepten y valoren cada paso que da su hijo fuera del hogar, que su entorno le devuelva una imagen valiosa de sí mismo. Necesita saber que confían en él.

La sociedad puede ayudar a estos adolescentes brindándoles modelos identificatorios que reemplacen a los paternos, favoreciéndolos en su salida a la exogamia. Para que el joven pueda construir su identidad, su proyecto a futuro, necesita un piso social consistente en el cual pueda experimentar, ensayar, jugar, soñar y proyectarse.

Lamentablemente, nuestro contexto social tiende a obstaculizar este pasaje a la adultez no brindándole el espacio de seguridad que necesitan para desplegarse, para arriesgarse, para comenzar a esbozar su propio camino. La cultura del consumismo, de los excesos, se aprovecha de la vulnerabilidad y fragilidad del adolescente y lo convierte en consumidor privilegiado, incitándolo a prácticas adictivas de todo tipo. Cultura que tiene puesto el acento en lo efímero, lo frívolo y lo inmediato, que valora el tener en detrimento del ser, donde hay que vivir sólo el presente gastándolo y gastándose.

Así vemos que se inculca la búsqueda de distintos objetos (acá incluyo a la droga) para ilusoriamente tapar la angustia y calmar el sufrimiento, para poder soportar mejor las exigencias que impone la sociedad, en perjuicio del joven que queda empobrecido subjetivamente y desprovisto de los recursos indispensables para encontrar otras salidas posibles.

Estamos en una sociedad que no ofrece ideales éticos y tiene pocos modelos de identificación genuinos con los cuales el adolescente pueda ir tomando para constituir su identidad. Por eso hay que estar más atentos que nunca, acompañarlos en este proceso complejo y pedir ayuda profesional cuando sentimos que nuestras herramientas no son suficientes.

No podemos detenerlos. En este movimiento adolescente, en el que se juega la construcción de un afuera, el soporte familiar es fundamental. Los adultos tenemos que devolverles una mirada sin prejuicios que los ayude y sostenga en este tránsito tumultuoso pero también fecundo.

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