Canonización del Cura Brochero
Domingo 16 de Octubre de 2016

Cuando Bergoglio y Brochero se metieron al río para "hacer lío"

El padre Diego Canale empezó su ministerio en la aristocrática parroquia del Pilar, pero prefirió predicar y trabajar en una humilde comunidad montañosa del norte de Neuquén, "buscando al último": su ruta espiritual definitiva. Cuenta la apasionante historia.

Y en eso anda Diego María Canale (36), presbítero ordenado por Jorge Bergoglio en noviembre de 2009, desde que eligió el camino. "Sí, en eso, en buscar al último", me dice a las tres de la tarde en el patio del Instituto del Diagnóstico. Un patio de paz, de silencio, sin más melodía que el agua saltarina de una fuente...

No es para él, para Diego, un lugar grato. "Aquí murió Alfonso, mi padre, hace muchos años", y aquí se repone Carmen, su madre, de una fractura. Alfonso, que casi llegó a ser escribano, se fue muy pronto. "A los 55 años –evoca Diego–, éramos seis hermanos, y el menor tenía apenas cuatro".

No fue, según dice, un joven modelo, ni padeció privaciones. "Nací en el Barrio Norte, vivimos en Beruti y Salguero, y con mi abuelo en Ayacucho y Alvear". Y tampoco un alumno de conducta ejemplar: "Me echaron del colegio Los Molinos, pasé al Guadalupe, quise volver a Los Molinos..., pero ya no era el mismo colegio que conocí, y finalmente pasé al San Tarcisio, donde fui el último, el recién llegado, el expulsado".

Pero ese adolescente complicado se negó a ser cambiado. "Necesitaba ser encauzado, que es algo muy distinto. Entré al seminario de Devoto, y allí descubrí a un hombre excepcional, Jorge Bergoglio... y también el río".

"¿El río?", le pregunto. Y aparece la llave del enigma. Porque ese río no figura en mapa alguno. "Es la vía a seguir en la existencia –me explica–, y no necesita cambiar de cauce para regar otros lugares y otras almas a su paso. Para dar más vida".

Bergoglio, que ya era cura de pobres y de villas, lo ordenó sacerdote el 21 de noviembre del 2009, y Diego le pidió un destino para misionar: ya era, acaso sin saberlo, un pastor con olor a oveja...

El destino fue Andacollo, norte de Neuquén, "de Chos Malal para arriba, más de cuatro mil kilómetros cuadrados, veintidós pueblos, y todo tipo de problemas: pobreza, abusos, ignorancia. Pero era mi río, y quise ser como mi mentor, mi modelo: el cura Brochero".

José Gabriel Brochero, nada menos. El mismo que abrió los ojos el 16 de marzo de 1840 en la cordobesa Santa Rosa del Río Primero, murió el 26 de enero de 1914, y fue canonizado por el papa Francisco.

En él se detiene Diego. En sus 77 años sobre la Tierra. En los más de seis mil kilómetros que recorrió casi hasta el final, viejo, ciego y leproso, dejando para las diez mil almas que encontró al llegar (sin caminos, sin escuelas, en la indigencia física y moral) más de doscientas rutas urdidas a pico y pala con él a la cabeza, nuevos pueblos, escuelas, correo, el dolor de esperar el ferrocarril toda la vida, ante la indiferencia de los gobiernos.

Esa vasta geografía recorrió Diego. Ese, su río, que fue también el de Brochero. Y con una consigna al final de cada acto, de cada camino: "Encontrar al último". Tres palabras que repite mientras la tarde avanza hacia la puesta de sol y la melodía del agua no cesa. "Encontrar al último".

¿Quién es el último en cada punto del ancho y ajeno mundo? "El más pobre, el más abandonado, el más desdichado". Le pregunto quién lo encontró a él, que no era el último. "Me encontró Cristo... ¿y quién sabe si yo no era ese último? Me encontró para hacerme cura. Me eligió el camino. ¿Te acordás de lo que dijo Bergoglio?: 'Dios siempre te primerea'. Y en mi caso fue así. Cristo, Bergoglio y Brochero me metieron en este río... y en este lío, ¡para toda la vida!".

No es fácil la vida de este pastor. La serranía de Andacolla hierve en verano y hiela en invierno ("Más de una vez tuvimos 25 bajo cero"). Además, su iglesia "no es una iglesia kiosco: va hacia la gente, y no al revés". Describe su tracción a sangre con humor: "Tengo un burro que se llama Chaparrón, una mula que se llama Sotana, y una yegua que se llama Tormenta, de modo que no falta quien diga 'Ahí viene el padre con sotana trayendo chaparrón y tormenta'".

Pero también tiene ruedas: "Una camioneta Toyota cuatro por cuatro que me permite llegar a lugares inaccesibles, y un camión doble cabina que me sirve de vivienda. Estoy por ponerle adentro una estufa a leña, porque el frío es insoportable... Los jóvenes le pintaron un Jesús resucitado, y adentro tengo una bolsa de dormir, una sillita, una cocinita... Gracias a la Toyota salvé a un chico mapuche de morir quemado. Pero el hábito no hace al monje y la Toyota no hace al cura... Para buscar al último necesitás mucha fuerza espiritual".

Luego de algunas pausas y varios mates, vuelve a Brochero. "El día de mi ordenación recordé aquellas palabras: 'No son estos trapos los que me hacen sacerdote. Si no llevo la caridad de Cristo, ni a cristiano llego'".

¿Para que buscás al último con tanto fervor y sacrificio, le pregunto, aunque descuento la respuesta... "Primero, porque durante mi vida sacramental conocí muchos curas, pero ninguno de la talla de Brochero. Después, porque cuando me echaron del último colegio, en el San Tarcisio entré como último, pero me hicieron sentir el primero. También porque me enfrenté a problemas sociales muy graves. Mi primera parroquia fue nada menos que el Pilar, en la Recoleta. Pero le pedí otro destino a Bergoglio... ¡y me mandó a Ciudad Oculta! Le pedí quedarme a vivir allí con el otro cura, Sebastián Sury, que me ayudó mucho, pero Bergoglio me mandó a la Villa 1-11-14 porque su cura, Rodolfo Ricciardeli, tenía un cáncer terminal... Bergoglio le pagó todo el proceso médico, y cuando murió fue a dar misa a la villa. Son ejemplos inolvidables...".

"Después, de regalo, me mandó a Luján. Otra dura lección, porque conocí la riqueza del santuario..., y la terrible pobreza de alrededor. Como si al levantarse un lujoso templo se hundiera todo cuanto lo rodea", dijo.

¿Qué cosas resignaste por tomar los hábitos?

No vacila ante la pregunta: "Una esposa, hijos. Tuve una novia. Pero la vocación pudo más".

¿Alguna crisis de fe? "Nunca. Si hubiera sido una crisis de fe, la hubiera resuelto en el seminario. Tuve, sí, una crisis existencial: ¿quién soy?, ¿para qué estoy en el mundo? Creo que es bastante común".

¿Cómo es tu vida en la montaña? "Es como seguir la ruta de Brochero. En verano, la gente sube a lo más alto con sus chivos, y en invierno bajan con los chivos y sus crías. Hay veintidós parajes, pueblitos, y los recorro todos. Doy misa todos los días, no sólo los domingos. Y después, el trabajo más duro junto con los ocho intendentes. Creamos un Consejo Regional para la Niñez, la Adolescencia y la Familia, porque hay que enfrentar a la droga y sobre todo a los abusos. También trabajamos con organizaciones sociales porque hay que llegar a los últimos. A ese niño que necesita expresar lo que sufre".

¿Hay hostilidad? "Siempre hay gente que no quiere vivir en la verdad, y es posible que yo les caiga mal.... Hay muchas iglesias evangélicas. Algunas participan lealmente, pero a otras se les arruina el negocio, el bolsillo".

¿En tu camino en busca del último tenés otro apoyo? "Sí, San Cayetano. Voy a su iglesia, me llevo algunos de los miles de cuadernitos que me cargan como si fueran pilas...".

¿Algún recuerdo muy, muy especial? "Una gran lección. Cuando llegué al norte de Neuquén tenía la columna vertebral partida del dolor, y fui a ver a una curandera, una mujer que le hacía muy bien a la gente. Me dijo: 'Lo que pasa, padre, es que usted no está rezando bien' ¡Y tenía razón! Yo rezaba, pero no ponía el corazón en mis rezos. Era algo... mecánico, digamos. Empecé a rezar pensando profundamente en Jesús, y se acabaron los dolores".

Alguna vez, en una crisis existencial, te preguntaste quién eras. ¿Quién sos, realmente? "Alguien que está con el que tiene que estar: una enseñanza de Bergoglio. Cuando busco al último..., yo también soy el último. Pero no soy un manual de soluciones: soy un par del otro que sufre con el otro. Lo mío es simple: es Jesús, la Virgen, y Brochero, que me hizo encontrar a Jesús".

¿Tropiezos en ese camino? "Muchos. Tengo problemas, me equivoco, tal vez estuve con el último, lo traté mal, y tuve que pedirle perdón... Pero lucho por una mejor calidad de vida para mi comunidad neuquina, que son diecisiete mil almas; entre ellas, seiscientos mapuches. Alfabetizo, educo, cuido que el riego no se contamine con la mina de oro que hay allí, y siento un paralelismo místico con Brochero. Pocos saben que él soñaba con morir sobre su caballo, al galope, como un héroe solitario, pero Dios le concedió el don y la gracia de morir solo, viejo, ciego y leproso, contagiado por un enfermo. Parece una contradicción, un castigo, pero no fue así, porque según él, esa condición le permitió rezar por todos los que estuvieron, los que están y los que estarán, como le escribió a un obispo en sus últimos días".

Su parroquia está en el departamento de Minas, "pero doy misa en cualquier lugar, y todos los días. No los espero, voy hacia ellos. Y cuando encuentro al último vuelvo a descubrir a Dios".

¿Cuánto hace que no ves a Francisco? "Hace tres años me invitó a Roma con cuatro vecinos de mi parroquia: cuatro bautizadores". ¿Qué hacen ellos? "Bautizan con el agua, y yo pongo los óleos. Es una ceremonia más trascendente, compartida, profunda".

En la calle, sin hábito, parecés un porteño piola, mundano, y dedicado a cualquier otra cosa, no a Dios. "Es posible. Pero aun con los hábitos puestos, jamás olvido las palabras de Brochero: 'No son estos trapos los que me hacen sacerdote. Si no llevo la caridad de Cristo, ni a cristiano llego'". (Infobae).

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