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Lunes 06 de Junio de 2016

Conocé cuánto dura el enamoramiento y cómo se construye el amor

Cuánto dura el enamoramiento. Por qué en pleno furor por el otro/otra ni siquiera podemos razonar. Cómo se construye el amor. Claves para entender a nuestros sentimientos.

Quizás sea que la evolución debió buscar una buena manera de preservar el instinto de reproducción, y por esto, el cortejo y la consumación de la búsqueda estén envueltos en tan única sensación. Y a esto Cupido lo tuvo muy presente: la receta está en generar una enorme gratificación, una jugosa recompensa.
Luego, sus estudios en bioquímica y su destreza en la arquería marcaron el rumbo que todos conocemos: mojar la punta de la flecha en un saco lleno de solución de dopamina, apuntar y disparar.
Dos miradas que se cruzan, una rara sensación en el aire, una poderosa atracción y ... ¡voilà! ¡Se ha formado una pareja! Nace la dulce ilusión, el deseo más ardiente, la intención permanente de estar con el otro, el estrechamiento de la atención sobre este foco y nada más, el desinterés por cualquier cosa que no tenga que ver con la media naranja, las carcajadas, la locura. En definitiva: el enamoramiento.
A riesgo de caer en imprecisiones buscaré explicar de manera muy sencilla qué es lo que pasa en el cuerpo cuando estamos enamorados. Básicamente, la sede central de esta sensación que invade la mente y el cuerpo (indivisibles, por supuesto) es el cerebro, y no el estómago. Espero que los románticos no se desanimen y sigan viviendo sus propias sensaciones con libertad y en plenitud, pero lo cierto es que la mayoría de las cosas que nos suceden cuando estamos enamorados son la consecuencia de un baño de dopamina que gana todo el cerebro.
Esta sustancia química que reconocemos técnicamente como un neurotransmisor es la misma que funciona en torno al consumo de sustancias de adicción como pueden ser la cocaína o las anfetaminas, y muchos de sus efectos son similares (aunque las magnitudes son muy diferentes).
La presencia real o imaginada frente a esa persona de la que estamos enamorados sabe apretar los botones del sistema nervioso a fines de que se liberen grandes cantidades de dopamina, generándose allí una inconfundible sensación de bienestar, euforia, placer. El premio —la sensación— es tan grande que a partir de ahí, todo nuestro ser se moverá en torno a esa persona, evidenciándose en el enamoramiento un declarado o no “secuestro” del circuito de recompensa.
Este sistema existe en nuestro organismo desde tiempos remotos. Es el mismo circuito sobre el que giran situaciones que tienen que ver con la supervivencia, como pueden ser la alimentación o la reproducción. Cuando una necesidad enciende este circuito, poco a poco la atención se va cerrando sobre este único foco, excluyéndose cualquier cosa que no tenga que ver con el objeto deseado. Vale esto para una adicción química, como podría ser una droga, como para esta extraña adicción que genera la fase de enamoramiento.
Nada que se realice en ausencia de la persona amada parece tener sabor o sentido, así como todo aquello que potencialmente pueda alejarnos de ella será corrido a un lado sin mayores miramientos. Así funciona la mente en esta suerte de estado de ebriedad en el que la razón va dejando lugar progresivamente a la pasión.
Pocas consideraciones son tenidas en cuenta, pocas reflexiones tienen lugar cuando el fuego está ardiendo. De ahí las locuras, los arrebatos y las imprudencias que sabe tener el enamorado.
La capacidad de razonar —actuación propia de la corteza prefrontal (aquí inhibida por la exacerbación del cerebro emocional o límbico)— está notablemente disminuida cuando el organismo gira en torno a la amada presa. El cortisol, por su lado, como otras hormonas, también juega en esta inquietante alquimia, disminuyendo la necesidad de dormir, de descansar o de comer. ¡Por esto las largas horas hablando sin más que unos minutos de sueño antes de ir a trabajar!.
También aumentan la frecuencia cardíaca y respiratoria y la presión arterial, todos signos de este transitorio cambio fisiológico que implica el enamoramiento. Y todo esto mezclado en una inconfundible sensación de euforia y ansiedad que se siente en la panza ... ahí las mariposas, finalmente, maravillas aladas de nuestras cabecitas.
Tres cerebros en uno
En la década del 60 un investigador llamado Paul Mc Lean propuso la Teoría del Cerebro Triuno, que si bien está hoy un poco desactualizada vale para hacer una sencilla ilustración. Basada en el desarrollo evolutivo de este órgano encuentra tres estructuras principales que fueron tomando lugar con el paso de millones de años: el cerebro reptiliano, el mamífero y el humano, dispuestos como en capas, uno encima del otro.
El reptiliano sería la sede de los instintos más básicos y de ciertas funciones fisiológicas elementales, todo estrictamente vinculado con la supervivencia. Sólo actúa, ataca, huye, se reproduce, todo de manera automática.
El cerebro mamífero tendría que ver con las emociones, compartiendo el hombre este sistema con la mayoría de los mamíferos. Las pasiones ejecutan su repertorio en esta sede. Aquí la seducción, la conquista y el enamoramiento que compartimos con diferentes animales ... ¡A nosotros sólo nos falta mostrar las plumas como hacen los pavos reales!.
También el circuito de recompensa supo ajustarse al funcionamiento del hoy famoso sistema límbico que toma parte de esta capa. Finalmente, el cerebro humano sumaría esa área propia del homo sapiens-sapiens, de unos 150 mil años aproximadamente. Con la gran adquisición de la corteza prefrontal nuestras capacidades cognitivas crecieron de manera exponencial: esta es la sede del razonamiento, la planificación, la detención de los impulsos, la mediación de las reglas sociales, la cultura, el conocimiento de las propias emociones, el descubrimiento de uno mismo como una persona, el reconocimiento y la valoración del otro. Los seres humanos construimos la compleja experiencia de amar, algo que nos diferencia de cualquier otro animal.
Enamoramiento y amor, bien distintos
Pero, ¿qué pasa cuando el enamoramiento comienza a desvanecerse? Naturalmente esto sucede pasado un tiempo, muy variable de una persona a otra y en distintas circunstancias. Vale pensar que este plazo vence, en la mayoría de los casos, en seis meses a dos años. Muchos lo demandan al pobre Cupido por haberlos engañado. No soy su abogado, pero es justo salir a su defensa porque el angelito no ha hecho más que cruzar dos personas con una flecha bañada en dopamina. La responsabilidad es toda de los dos tortolitos.
Cuando las densas cascadas de dopamina se convierten en los usuales chorritos que todos tenemos a disposición a diario, la miopía de la ebriedad deja paso a la justeza del sobrio.
Es tiempo ahora de suspender las idealizaciones, de ver no sólo las coincidencias sino también las diferencias. Las mariposas solitas se van volando hacia otros jardines mientras la pasión comienza a sentir los primeros fríos del otoño que asoma.
Las interminables charlas se van espaciando y la necesidad de dormir como Dios manda gana cada vez más días en el calendario. Y no hay nada de malo en esto. Lo que empieza a aparecer es la vida real, por eso comienza una nueva fase en esta pareja que hasta hace poco se prendía fuego: la fase del amor.
¡Qué similares son las palabras pero, a la vez, qué distintas son! Cuánta razón tenía Erich Fromm cuando nos enseñaba que “empezamos a amar cuando dejamos de estar enamorados”. O dicho de otra forma: conocemos el amor solamente una vez que se disipa el enamoramiento. Bah, me corrijo: en los casos en los que llega a nacer, porque no siempre surge. Puede haber amor sin enamoramiento previo, así como puede haber enamoramiento sin amor posterior.
El amor —necesariamente— requiere de tiempo. Tiempo para conocer las virtudes y también los defectos, tiempo para reconocer tanto lo bueno como lo malo de la relación.
Tan importante es poder ver las diferencias que vale pensar que sólo en su aceptación puede crecer el amor, porque el amor no es ciego, pero sí conoce de empatía y compasión, consolidándose en el acompañamiento por estos senderos la base más firme del amor. El amor es el combustible para ayudar al otro a ser la mejor persona que pueda ser, a superar tantos obstáculos como pueda, a guiarlo cuando podemos o a seguirlo cuando es el otro quien nos indica el paso. En la reciprocidad se hace fuerte el vínculo, entendiendo que ambos tienen virtudes y defectos, pero que los dos caminan juntos hacia el mismo lado, sosteniéndose el uno al otro cuando cada uno necesita. Por esto es que el amor precisa de la madurez y del cultivo de ciertas condiciones como la paciencia, la empatía, la solidaridad, el esfuerzo, la renuncia, la entrega. Las dificultades siempre estarán listas para aparecer, y lo harán, sino estaríamos hablando de otra cosa. No creo ciertas esas frases que rezan "nunca un sí o un no". Muchas discusiones, algunas peleas, varias crisis y todas valen la pena, todas pueden fortalecer. Insisto, aunque a esta altura Cupido seguro tiene un buen abogado defensor: no lo llevemos a juicio ni le echemos la culpa de nada. Seamos agradecidos de que la extraña alquimia con la que baña las puntas de sus flechas sólo sabe durar un tiempo limitado, sino nunca sabríamos de qué se trata el amor.
¿Vale una sugerencia?
Es cierto que el amor puede ser más predecible y tedioso que el enamoramiento, que el cansancio y la rutina no encienden tanto la pasión, que los años desgastan la sorpresa. Pero quien pose sus valores en la fidelidad como base de la pareja y en esta como el núcleo de la familia, que tenga bien claro que el enamoramiento es humo: siempre termina disipándose. En poco tiempo la magia puede devenir en una nueva rutina y la euforia en tristeza. Sabemos cómo empiezan las cosas, pero no como terminan, por esto no hay juego inofensivo e inocente. En poco tiempo puede perderse lo que llevó una vida construir. Teniendo esto presente, que cada uno haga lo que quiera. ¡Salud!


Fuente: La Capital, Por Lucas Raspall / Médico psiquiatra y psicoterapeuta (En Facebook: unjuguetellamadomente

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