San Juan
Domingo 27 de Marzo de 2016

Ascenso a las Sierras Azules: cuando la fe se comprueba en la montaña

La Pascua se vivió a 1700 metros de altura luego de horas de caminata a paso lento y sacrificado. Declarado de interés cultural, la actividad más elegida como cierre del triduo pascual elevó su número de promesantes. Ahora buscan hacer escaleras en un tramo peligroso. 

A paso lento y temeroso, el primer tramo de las Sierras Azules, antes de llegar a la llamada “puerta del perdón” anticipa el hastío venidero. No es un camino fácil y quien ha recorrido esa pendiente varias veces comprende que todos los ascensos son diferentes. Las lluvias de éste último febrero hicieron mucho daño y dejaron varias rocas y piedras flojas lo que podría producir caída o pisadas desventuradas pero cuando uno toma la decisión de subir sabe que esto puede ocurrir.  
El camino es incierto de ida, sobre todo si deciden subirlo como los más de 4 mil jóvenes la noche del Sábado de Gloria para recibir la Pascua a 1700 metros de altura. La noche muestra sus cambios climáticos a medida que uno escala, los promesantes creen que eso es parte del sacrificio que se hace para llegar a un fin: la cima; Dios.
Esta vigilia pascual fue cálida; el cielo parcialmente nublado dejaba ver por momentos la luna brillante. Era el mejor faro para los que decidían subir sin linternas, ni celulares que pudieran dar luz artificial. Los ruidos que se escuchaban eran varios. Algunos decidían encender sus reproductores, otros preferían la intimidad de los auriculares, algunos escuchaban su propia respiración; la agitación –por momentos- fue como una sinfonía entre muchos, esa cuestión en común que mostraba lo difícil de la situación.
El cansancio llegaba temprano para algunos. Por primera vez, Defensa Civil estaba listo para ese momento. Los jóvenes trabajadores colaboraban desde la Cruz Roja para socorrer, alentar y contener a las personas que no se sentían en su mejor momento.
Al poco andar, la altura empezaba a pasar factura. El decaimiento, el sueño, la pereza y hasta las ganas de devolverse afloraban en la piel. Se escuchaban en el camino, los que –sentados entre las rocas- aseguraban no poder seguir. “Pero ya avanzaste mucho, no podes retroceder. Se te va a hacer más fácil seguir para arriba que bajar sola”, comentaba una jovencita a su amiga porque no quería más.
El delirio de no poder hacerlo obsesiona a muchos. Al mirar para arriba, un camino que se pierde, que no muestra lo que viene, que está oscuro y no deja ver la cima. Porque cuando uno cree que está por llegar, no lo está. Falta un tramo, y otro más. Hay que seguir subiendo confiado en que, en algún momento, se llega.
Los peregrinos comparan este ascenso con la vida de la fe. En esas montañas van a demostrarse que pueden, que hay algo más allí arriba, que uno puede descubrir en su interior fuerzas que no creía que tenía. Están las personas que cuando llegan, prometen no volver más. Pero la furia y la frustración de haberse cansado tanto, de verse tan débil, de sufrir más de la cuenta siempre generan este tipo de toma de decisiones. A veces vuelven y dejan atrás el pesimismo.
En la cima de las sierras está la respuesta. El contacto único con la naturaleza, la congregación de miles de personas que ahora llevan sus carpas, sus leños, sus infusiones calientes para esperar la celebración de la misa. Porque cerca de las 7.30, Monseñor Alfonso Delgado dice presente año a año. Precisamente, esta es la 15va vez que sube; con dos bastones y a paso sigiloso. Antes de la celebración, dos sacerdotes de la parroquia Sagrada Familia aguardan para las confesiones. Este año, los peregrinos conseguían la indulgencia plenaria luego de pasar por el umbral de la misericordia o la llamada “puerta del perdón”. Confesarse y comulgar, eran las consignas.
Este año también hubo una sorpresa. El estallido de fuegos artificiales en el suelo madrugador –a las 5.30- despertaron a los cansados que reposaban tras una larga caminata. Es que la subida se estima entre 3 y 5 horas dependiendo de la velocidad y de la cantidad de veces que decidan pararse para descansar. Al amanecer, las fogatas que le hacían frente a la fría mañana comienzan a apagarse luego del rocío de la mañana porque terminada de misa pascual es hora de bajar. Ese es el momento en el que el peregrino se encuentra con su fe. Cuando puede ver, a plena luz del día el largo camino sinuoso que recorrió por horas. Llegan cansados pero convencidos de que se puede. 
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